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Sueña

 

Otra vez llegan a mis días esos temas tan pensados y repensados que se han convertido en esferas casi perfectas para mi, casi sin ninguna arista. Pero es eso: para mí. Lo que es una superficie casi perfecta ante mis ojos, se presenta como el terreno con más montañas, con más altos y bajos y con más imperfecciones ante los ojos de los demás. Y yo me doy cuenta de que cada uno tiene que limar ese terreno abrupto por si solo…
Estar perdido, no pertenecer, buscarse, encontrarse, ser feliz, trabajar, no decepcionar el entorno, tener que ser responsable, ser infeliz, sentir el peso de la rutina, pensar, soñar, el siguiente paso… Batallas internas que todos en un momento u otro sentimos que aparecen en nuestro día a día. Algunos lidiamos con ello solos, otros lo hacen acompañados, pero los miedos son los mismos, las cadenas que nos atan tienen la misma densidad y las responsabilidades a las que nos enfrentamos tienen la misma tonalidad.
Cuando me piden consejo a mi, o guía, o ayuda, o inspiración, o comprensión… lo único que puedo hacer es darles mi versión, explicar una vez más mis por qués, enseñarles mi camino. Pero esa no es la verdad absoluta, es solo mi verdad. Y como la mía, hay billones ahí fuera.
Y mi verdad es que llevo tiempo perdiéndome más que encontrándome, y que solo me encuentro del todo cuando tengo una ilusión. Algo en lo que centrarme, por lo que luchar, por lo que vivir, una meta que haga que todo (casi) en el camino valga la pena.
Hace unos días me ayudaron una vez más a encontrar esa meta (Curro, qué haría yo sin ti?? ^^) con una simple pregunta:
“Neus, ¿qué quieres?
Me quedé parada pensando y contesté bromeando “Quiero ver un tiburón ballena”. Bromeando… Hasta que por la noche me di cuenta de que eso es lo que quiero ahora, lo que llevo soñando muchos meses. Es la fantasía que me acompaña mientras me duermo por las noches, es la imagen que más veces he recreado en mi mente este año, es una de esas cosas que se llaman ilusión.
Ahí es cuando encontrarse pierde el sentido porque llegan los “no, no puedo, porque tengo que trabajar y no puedo dejar este trabajo”, “no, no puedo porque me quedaré sin un solo dólar (en el mejor de los casos)”, “no, no puedo porque tengo que ser más responsable y usar la cabeza”, “no, no puedo porque eso para qué sirve”.
Pero la luz se ha encendido. Quiero. Así que me contesto, dejo que mi “demonio” mande, el demonio al que no le gusta andar por el camino marcado, el demonio al que no le gusta hacer solamente lo que se supone que debo hacer.
Y mi demonio dice:
Trabajo? Tengo que trabajar para vivir, no al revés, y vivir para trabajar es demasiado “neoyorquino” para mi.
Dinero? Sí, claro. Se gana, se acumula y… se gasta.
Responsable? Qué es ser responsable? Encontrar un trabajo de por vida, casarse a los 25 (tarde ya!), tener hijos a los 30, no salir nunca de mi pedacito adorado de tierra…? Si es eso, no cuenten conmigo.
Para qué sirve? Y ahí es cuando mi demonio no habla. Sonríe. Esa sonrisa. Porque él sabe tan bien como yo que la respuesta a “Qué quieres hacer?” sirve para hacernos felices. Yo, él… y todos los que se atreven, hemos venido a este mundo a cumplir sueños. A soñarlos primero, a luchar por ellos después y a, finalmente, cumplirlos para dar paso a otros sueños que aún esperan dormidos.
Unos dicen que estoy loca, otros que soy distinta, muchos otros que “ojalá yo también pudiera”. Si me dieran un dólar cada vez que alguien me dice eso, podría dejar de ahorrar para viajar. Yo les pregunto dos cosas.
La primera es “si yo puedo, por qué tú no?” Y la segunda es algo que aprendí en Tailandia bajando en moto una pendiente de tierra con lluvia y un tornado de fondo… con dos marines americanos y dos ingleses poco convencionales. Why not? Lo que nos llevó inevitablemente a mi amigo y a mi a caernos y dejarnos las rodillas hechas un mapa con el barro y las piedras. De ello aprendí que hay que arriesgarse aunque podamos acabar con algún rasguño, porque si duele, es probablemente porque merece la pena. Vaya si la merece.
Así que yo soy de las que con sus miedos hace una bolita y se la come. Los dejo atrás y decido que si me pongo a pensar más con la cabeza que con el corazón NUNCA haré realidad muchos de mis sueños. Y eso sí que no me lo permito.
Me pregunto “ qué quiero” y ya tengo objetivo. Cuántas veces no hemos escuchado todos lo de “Where there’s a will, there’s a way”? Y encontrar el camino o la manera se hace increíblemente fácil cuando hemos conseguido descifrar la primera parte de la ecuación.
Y vosotros… ¿qué queréis? Go get it.
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Love & Basketball

Estaba sentada en un banco con el sol de cara y la mirada perdida sobre el río Hudson. Como excepción a mi rutina, tenía la música apagada y no estaba tampoco inmersa en alguna conversación virtual. Estaba, simplemente, ahí. No prestaba atención a mi entorno, y no sé en cuál de mis universos había conseguido perderme esta vez. A mi espalda, un camino con gente en bicicleta, corriendo o en patines y un poco más allá un parque verde, precioso, uno de los que más me gustan de todos los que he visto en New York.

Y, de repente, un sonido algo lejano me trajo de vuelta. Un sonido muy familiar que la mayoría de gente habría filtrado como “ruido” sin prestarle atención. Un sonido que no todo el mundo habría podido distinguir.

El sonido de unas zapatillas frenando sobre una cancha de basquet.

Me giré sin pensarlo, y ahí estaba a lo lejos, pasado el parque, semi-escondida por la sombra del amtrak que le pasa por encima. Una cancha y unos chicos jugando. Y yo, sonriendo al darme cuenta que mi corazón siempre será un enorme balón de baloncesto.

Me recordó a este escrito de Gonzalo Vázquez:

Si en medio de la oscuridad y el silencio te vieras de pronto asaltado por el crepitante gemido de una red al paso del balón y no sintieras estremecer algo muy adentro, será que el baloncesto no es el centro de tu vida. Corre pues a disfrutar de ella.

  

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Home is wherever you feel at home

Hace tres años y dos semanas me despedí de las que habían sido mis amigas durante 9 meses en Virginia, con las que compartí basket, viajes, música, risas y confidencias. Ellas estuvieron presentes en los mejores momentos y estuvieron a mi lado en los más duros. Fueron apoyo incondicional y mucha felicidad. Empecé a quererlas el primer día, pero siempre consciente de que la situación era temporal…, empecé a quererlas con el dolor del que sabe que no va a durar. Pese a ello, fueron 9 meses disfrutados al máximo, muchas fotos, muchos recuerdos, mucha vida entre todas aquellas chicas de las que siempre destacaron dos. April y Vanessa. Mis dos mejores amigas, mis dos sonrisas constantes, mis cuatro hombros en los que apoyar la cabeza, mi casa fuera de casa. Mis mil lágrimas el día que me despedí, 27 de mayo de 2008, pensando que me despedía para siempre.

Pero la vida me ha traído cerca otra vez y ya no me separan de ellas 6000 km, sino unas “pocas” millas que se cubren en cuatro horas por solo 20$. Así que tres años después de despedirme hasta nunca más he podido pasar otro fin de semana con ellas. ¿Tres años, en serio? Porque desde el momento en que vi a Vanessa en la estación hasta que me dejó en ella otra vez para marcharme, me sentí como si no me hubiera ido, como si las hubiera visto el día anterior. Y el otro, y el otro…
Es increíble como hay lazos que se crean para no ser destruídos jamás. Pensaréis que internet juega un papel importante hoy en día, pero os puedo asegurar que por circunstancias de sus vidas eso no es posible. Literalmente, me había perdido casi todo lo que les ha ocurrido en estos años y, sin embargo, eso no ha hecho que nos alejáramos. Al revés. Los mismos sentimientos de siempre seguían ahí. Nos pusimos al día en un par de horas y luego fue todo como siempre, como si yo no me hubiera ido, como si fuera ayer cuando jugamos el campeonato estatal en North Carolina.

Yo que llevaba días pensando que no había nadie a quien me apeteciera abrazar hasta ahogarle… y no podía estar más equivocada. No las hubiera dejado ir y me demostraron a cada segundo que era mutuo. He reencontrado en ellas ese paraíso que se llama “pertenecer”, estar cómodo, sentirse en casa.

Y aunque me tocó volver a despedirme después de poco más de 24 intensísimas horas, no lo hice con tanta tristeza, sino con una promesa. Trataré de bajar pronto otra vez y si no puede ser, prometí no marcharme de Estados Unidos sin asfixiarlas entre mis brazos una vez más.

No podría haber sido más feliz a su lado este fin de semana. Mis chicas me han recordado por milésima vez algo que NY se empeña en hacerme olvidar: las personas estamos hechas para muchas cosas, pero la soledad no es una de ellas.

I love you, ladies.

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Tattoos

Un día, una idea, un sentimiento, se paran en tu cabeza, tocan tu corazón… y piensas qué dónde mejor que en tu piel para que se conviertan en eternidad…
La primera vez te lo piensas, lo repiensas y lo vuelves a pensar. No basta. La gente trata de hacer que seas “responsable”. “Qué harás con un tatuaje cuando sea vieja?”, “Qué pasa si te cansas?”, “Y cuando ya no te guste?”, “Es para siempre, eh?”, “Pero tú estás segura?”…
Sí. Sí. Que sí. Estoy segura. 
Pero la primera vez cuesta más todo esto de mandar a los demás que se callen, porque te preguntas si de verdad estás preparada para algo que será eterno, si los demás son los que tienen razón. Luego, tattoo a tattoo, vas aprendiendo. Ahora ya solo sonrío. La sonrisa del que tiene un secreto, la sonrisa del que sabe algo más, del que sabe que sus tattoos son su fuerza.
Mi primer tattoo pronto cumplirá 10 años y nunca me he arrepentido, nunca me he cansado de él, nunca he deseado no tenerlo. ¿Me lo volvería a hacer? En ese momento sí. En mi presente no. Pero eso no importa, porque no es un tattoo de este presente; es un tattoo de ese pasado, y por ello es correcto. Ahora encontraría otra cosa para llenar mi omoplato, seguro, pero no cambio mi caballo por nada del mundo. 
Y esa es la respuesta que doy cuando me preguntan… cada tattoo tiene su instante, su historia, su proceso, sus detalles. Cuentan mi vida. Todos son perfectos para su momento. Cada uno fue soñado, pensado, deseado, imaginado, dibujado, realizado, querido. En cada sesión alguien me acompañó, una persona que formará parte de ese tattoo para siempre. Alguien lo ha fotografiado, alguien lo ha admirado, alguien lo ha besado. Mis tattoos tienen tanta vida como yo.
Y detrás de todo ello… un hombre. Davide. Un hombre que más que mirarme por fuera, me ha leído por dentro. Ha pintado en mi piel lo que habita en mis entrañas. Y por ello le admiro. Un tatuador que no copia y pega el dibujo que le enseñas, sino que busca algo más… 
Nunca me ha dejado que me tatuara nada que él no pensara que era adecuado y me ha quitado de la cabeza tattoos poco acorde con lo que yo soy (ese tattoo en el cuello…). Pero más que eso, ha cogido mis sueños y mis ideas y les ha encontrado un sitio en mi piel. Ha sacado de mi mente mis deseos y los ha procesado con aguja y tinta para estamparlos como un sello perenne sobre mi cuerpo. Y en esas largas sesiones de pinchazos, me ha escuchado, me ha entendido, me ha analizado, me ha conocido, consiguiendo que todo ello se notara en la evolución de sus dibujos en mi.
Una de esas pocas personas en las que confiarías con los ojos cerrados, al fin y al cabo. No me importaría nada entrar en su estudio y decir… “Davide, tatúame lo que te dé la gana”. Sé que acertaría.

Ahora me preguntan “No te tatúas en NY?” y yo sonrío y niego con la cabeza, y cuando me preguntan por qué solo digo que mi artista está en Menorca. “Aquí hay tatuadores que lo harían igual de bien”. Ahá… sí, quizá sí. Pero ni uno de ellos me conoce ni la mitad de lo que me conoce Davide. Un tattoo no es solo tinta y piel. Yo lo sé, él lo sabe. Un tattoo es alma. Mis tattoos son yo, yo soy mis tattoos. Davide es el escritor de mi biografía.

“Hay más vida que piel”, me dice siempre. “No tengas prisa”. Y yo sonrío.

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Vanessa :)

 This is one of the women who took care of me when I was in DC and stood by my side. She is guidance and friend. She made me smile and laugh a lot and she obviously helped me feel like I belonged.

I love the way she describes herself:

“I was not built to break!
I am a person who def let my heart get me in trouble, however I am willing to continue to grow and that largely consists of self control and perserverance… I have big aspiratons and have had detours along the way… but I don’t regret bad choices whether they have made me laugh or cry, I have embraced them for shaping who I am today… I have two beautiful girls who keep me sane when they are not driving me crazy! I love my family and friends and pray for my enemies…”

So many nice memories from my Raiders 🙂

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Parallel Universe

“Trust me, it’s paradise. This is where the hungry come to feed. For mine is a generation that circles the globe and searches for something we haven’t tried before. So never refuse an invitation, never resist the unfamiliar, never fail to be polite and never outstay the welcome. Just keep your mind open and suck in the experience. And if it hurts, you know what? It’s probably worth it.”

“And me, I still believe in paradise. But now at least I know it’s not some place you can look for, ’cause it’s not where you go. It’s how you feel for a moment in your life when you’re a part of something, and if you find that moment… it lasts forever…”

*The Beach*
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De visita a Coney Island


Pues sí, Coney Island. El sitio al que me han mandado cada una de las veces que he dicho “no consigo llegar al mar” desde que ha empezado la primavera en Nueva York. Hacia allí me dirigí en mi día libre con más ilusión por ver la feria que por ver el mar.
Sí que estuvo bien pisar la arena y tumbarme un rato al sol con el mar tan cerca, pero claro, soy de isla y yo al sitio al que fuí no lo llamaría playa. Tiene arena y agua, por supuesto, pero los parecidos acaban ahí. Palmeras de ¿plástico? estilo playmobil, baños cada 50 metros, música, puestos de cocktails, hot dogs, patatas fritas, alitas de pollo… y, no la olvidemos, una feria con su noria, sus montañas rusas, sus autos de choque y sus nubes de algodón.

Todo un cuadro la mar de extraño. Como si quisieran juntar la feria de las fiestas del pueblo, con la playa, con la ciudad, con el ambiente del paseo marítimo, con la comida basura, con el camión de los helados del barrio, con las tiendas de camisetas para turistas… Un todo en uno que me mantuvo con un interrogante encima de la cabeza a lo viñeta de cómic desde que llegué hasta que me fui. Estaba allí y había tanto y tan distinto por hacer que no sabía por qué decantarme.
Abrumador, como todo, como siempre, aunque no siempre sea bueno.

Pero algo he aprendido en esta ciudad: disfruta de lo que tienes cuando lo tienes, da igual lo que sea. Adáptate y disfruta.
Así que eso hice. Un rato en bikini en la “pseudo-playa”, otro rato tomando retratos robados de la gente TAN distinta que había y a hacer el guiri por el paseo. Lo que más me impresionó de todo fue que la gente se quita los zapatos justo antes de tocar la arena y se los vuelven a poner nada más salir. ¿Hola? ¿Dónde queda el ir descalzos por el paseo o por el muelle? ¿Cómo os vais a volver a poner los calcetines y los zapatos con los pies llenos de arena? Esta vez, con un poco de sentido de culpa, no me apunté al “donde fueres haz lo que vieres”, sino que disfruté un rato paseando descalza, y luego me senté mirando al mar a comerme unas patatas fritas. Genial concepto, debo reconocerlo.

Para terminar un paseo por la feria que es enorme y (¿por qué no me extraña?) carísima. 8$ = 1 ride. Alguna un poco más, otras un poco menos, pero aún está por llegar el día que me deje 8 pavos por subirme a unos autos de choque, así que me dediqué a tomar alguna foto mientras cruzaba en dirección al metro.
Justo antes de la última calle, aún pude ver otra de las “atracciones” más conocidas, Nathan’s, casa del concurso de “a ver quién consigue comer más hot dogs grasientos”. Aunque también podrían hacer el concurso de “a ver quien pesa más y ocupa más sitio en una de las mini-mesas”. Dejé la degustación de tan exquisito manjar para otro día y decidí que ya había tenido suficiente “playa” por ese día después de 5 o 6 horas en Coney Island.

Mientras subía al tren que me lleva de vuelta a casa pensé que no me extraña en absoluto que toda esta gente que solo ha visto este tipo de playa diga que mi casa es el paraíso. En realidad, yo también lo pienso, y de cada vez más.

Nota mental: Ir a la playa también puede ser estresante en Nueva York. Menos mal que me niego a ser una persona con prisa.

Notal mental 2: Volveré.

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Puesta de sol en Brooklyn Bridge

Desde Brooklyn by Neusallen

Desde Brooklyn, a photo by Neusallen on Flickr.

*You have to accept whatever comes and the only important thing is that you meet it with courage and with the best that you have to give*

Encantada con el objetivo nuevo que compré ayer 🙂

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Sobre el East River

Tengo un día raro y me sale la vena isleña que me recuerda que donde más feliz he sido es con el agua bien cerca. Hace días que me apetece conducir hasta el mar, pero aquí no puedo hacerlo. Aunque digo yo que estando en Manhattan tiene que ser posible acercarse al agua hasta el punto de poder tocarla…
Ahora estoy en la 74 y aquí si te acercas al río no puedes llegar a él, así que no me queda otra que coger el metro para intentar descubrir un rincón que sea un poco menos ciudad. Después de media hora en el tren y un paseo de 15 minutos andando llego al Pier 17, embarcadero según su nombre, centro comercial según su función.

Está casi vacío porque ha bajado la niebla y al lado del “mar” el viento es más frío, pero a mi me gusta más así. Doy la vuelta a todo el embarcadero y cada vez que parece que estoy cerca de llegar al agua, me doy cuenta de que no se puede. Un barco enorme por aquí, una barrera por allá, un cartel de prohibido el paso un poco más lejos… Definitivamente, lo más cerca que se puede estar es a unos metros. No muchos, pero suficientes como para no poder sentir que has dejado la mole de hormigón atrás.

En el sitio más alejado de las tiendas, como en la parte de atrás, encuentro un lugar que parece un restaurante que está cerrado. Tiene mesas fuera situadas encima de una una pequeña aumulación de arena desde donde se puede ver el puente de Brooklyn justo delante del puente de Manhattan, el río y los dos municipios desde más o menos el centro. En uno de los rincones de la pseudo-playa veo tres rocas. Me siento en ellas y pienso en modo dual.

Qué vistas tan bonitas del puente de Brooklyn, es impresionante. Qué agua tan gris y triste.
Qué pasada ver como se enciende Manhattan mientras se va apagando el día. Qué poco de playa tiene esto.
Qué espectáculo de rascacielos entre el skyline de Manhattan y el de Brooklyn. Qué poca sal tiene este viento insípido.
Qué suerte estar sentada a la “orilla” del East River. Qué lejos estoy del mar de verdad.
Qué preciosidad. Qué horror.

 Hay días para todo, pero hoy preferiría la sal en el viento y el agua turquesa, aunque no pudiera ver el impresionante puente de Brooklyn. Hoy preferiría una orilla donde el mar y la arena no estuvieran separados por un muelle y una barrera, sino que se pudieran fundir entre sí. Hoy preferiría algo un poco menos artificial, una belleza menos “humana”.

Hoy me he dado cuenta de que no es tan fácil escapar de la ciudad, aunque sea una que está rodeada de agua por todos lados. Habrá que seguir buscando el sitio donde no se le ponen barreras al mar.

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Bowling Green

*Algunas personas pasan su vida en este planeta sentadas en la banda 
esperando a que les ocurra algo antes de que sea tarde. 
Otras no*
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