RTW

Same same but different

And not that different.

Tengo una extraña sensación que me recorre por dentro estos días… me siento como si nunca me hubiera marchado.
Llegué hace dos días y ya me ha pasado todo lo que “temía”. Koh Tao sigue siendo la misma y yo me sigo sintiendo a gusto aquí, me di cuenta en el mismo momento en que bajé del barco. De hecho, venía para dos semanas y, por ahora, me quedo dos meses y medio, con eso lo digo todo sin tener que decir mucho.
Hay algo más de gente que la primera vez que estuve aquí (quizá por ser temporada alta) pero las sensaciones son las mismas – tranquilidad, encajar, libertad, paz. Sonrisas.

Había planeado esto de manera que fuera a ser distinto esta vez. Pero no puede serlo, es imposible. Entré por la puerta de Phoenix y ahí estaba Dani, la misma chica de siempre, y en menos de 24 horas me habían convencido de que no vaya a Filipinas, sino de que me quede para hacer el divemaster (con Claus, el mismo instructor!!). Yo misma había soñado con hacer eso pero me había convencido de que tiene más sentido lo de viajar y ver lugares nuevos… Me engañaba por algún motivo. Puede que fuera miedo de que la isla no estuviera a la altura esta vez, de que fuera a decepcionarme, de que la pisara y quisiera salir corriendo. Sin embargo, en diez minutos ya había comprobado que ese no era el caso. Después de pisar la caótica y sucia Malasia, Koh Tao me permitía volver a respirar con tranquilidad y me pintaba una sonrisa al darme cuenta de que es tan paraíso como yo recordaba.
Tampoco me importa ya el “miedo” a que me juzguen (“tienes 5 meses y vuelves a encerrarte en el mismo lugar que ya has visto!”), porque tan pronto como tomé la decisión de no subir a ese avión a Filipinas, me pasaron 3 cosas: Dije “soy feliz”, sentí como si mi interior fuera una explosión de fuegos artificiales y, finalmente, me sentí en paz. Supe que era exactamente la decisión correcta.

Me encanta, además, que aquí los fantasmas de los recuerdos tampoco sean tal cosa. Aquí son sonrisas. Como todo, como siempre. Nada malo sigue teniendo cabida en la atmósfera de la burbuja de 7×3 kilómetros.

Ya estoy aquí. Maleta deshecha, habitación alquilada por un mes, con deberes y libros para estudiar. Ya estoy aquí… en ese lugar que ha habitado mis sueños durante dos años. Ese lugar que siempre trae chiribitas a mis ojos.

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Tercer país

Ya dejé Fiji atrás… con pena. El tiempo no acompañó completamente en ningún momento, pero eso no evitó que descubriera otro país de gente feliz, muy feliz. Un país basado 100% en el agua de mar – snorkel, kayak, moto de agua, surf, buceo, pesca… Y en esos 23 días, muchas anécdotas, playa, arena y sol. Mucha perfección llena de naturaleza y sencillez después de 14 meses en una ciudad donde ganaban siempre las prisas. Además, la compañía fue de esas que no se olvidan, de esas que te abrazan y te tocan el corazón.
Si algún día tengo la oportunidad y el dinero, no lo dudaré, tocará volver a Fiji para saldar un par de deudas que me han quedado pendientes (nadar con manta rays, entre otras cosas).

Hoy termino también la etapa posterior a Fiji, que ha sido cortísima, una etapa de trámite. Tres días en Malasia que han dado para algo de turisteo diferente pero muy decente, un reencuentro bastante esperado y alguna que otra cerveza en Chinatown.

Los monos me hablan – by Lluc Pons

Sin embargo… ahora viene algo que hace 2 años que espero. Algo que no sé si estará a la altura o si me volverá a enamorar. Algo que me aterra y me emociona en un mismo grado de intensidad…

Mañana dejo Kuala Lumpur para ir a Koh Tao.

Koh Tao… mi burbuja paraíso. Y tengo muy asumido que será un gran remolino de sentimientos. Me apetece.

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La aventura de Mana Island

Después de 12 días en la Coral Coast, decido moverme con los chicos españoles del rugby para las islas del oeste. La oferta que tienen son 6 noches, 7 días, comidas incluídas y el barco de ida y vuelta por 420FJD y no puede sonar mejor. La isla es pequeñita (supuestamente se puede dar la vuelta en 3 horas) y tiene un arrecife de coral bastante importante. Suenan también las palabras “buen buceo” y con eso me dejo comprar.
La aventura empieza con Matías (Martín y Asia salieron un día antes y Facu viene un día después), con el que nos subimos a un bus que nos va a llevar hasta Nadi en 4 horas. Allí cerramos el trato con un hindú gordo que lleva las uñas pintadas de morado berenjena y quedamos con él que nos recogerán por la mañana para llevarnos al barco.
Por primera vez en la historia fijiana nos recogen antes de la hora prevista y nos acercan a otra guesthouse para que esperemos junto a los otros chicos que también tienen Mana como destino. Ahí sí que hacen gala de su cultura y del Fiji time y la partida que tenía que ser a las 9 de la mañana es finalmente a las 10.30.
Justo antes de subir a un barco (barquito, diría yo) con otras 6 personas y otras tantas maletas, nos chilla un señor que nos estamos dirigiendo hacia la zona donde va a azotar un ciclón. Bien, empezamos bien.
“Why not?” recuerdo mientras nos subimos al bote.

El trayecto es durillo y se alarga hasta la hora y media (debían ser 45 minutos) con olas lo suficientemente grandes como para haber decidido no cruzar. Durante todo el rato que estamos navegando, me repito una y otra vez que tengo mucha suerte de ser de mar. Dos de las chicas se marean en el barco y pasan un rato angustioso, mientras yo charlo entretenidamente con un inglés que lleva desde agosto viajando. Hablamos de países, de aventuras, de buceo y me siento en mi salsa.
Finalmente, llegamos a “puerto” donde nos esperan Asia y Martín con una medio sonrisa y una frase: “chicos, no os quejéis hasta que veáis el resort!”. Oh my… Nos acercamos a hacer el check-in y lo único que nos dicen es que no bebamos agua del grifo, que hay electricidad de 6 de la tarde a 6 de la mañana y que si necesitamos algo que les avisemos pero que tengamos en cuenta que en Mana el Fiji time se multiplica por 10. Paciencia por 15, pienso.
Entramos a la habitación. Cuatro paredes, dos camas, una ventana de cárcel y una cortina. No hay bombilla. De hecho, no hay nada más, ni sábanas. Descubrimos que tampoco tienen toallas, aunque no nos van a hacer falta… La ducha compartida es una manguera de la que a veces sale agua y a veces no. Asia me dice que se ha “duchado” en el mar. “La comida no está mal” añade como quien quiere encontrarle lo positivo.

Salimos de ahí dispuestos a no pisar el resort más que para comer y dormir, y descubrimos que los otros tres resorts son iguales y que el único que es distinto es el que tiene dueño japonés y cuesta mínimo 400FJD la noche, el cual tiene piscina, spa y pistas de tenis. El lujo y la pobreza más absoluta son vecinos y se dan la mano. Obviamente, tenemos prohibido acercarnos a ese lugar y, sin embargo, los japoneses se pasean por “nuestro” territorio como aquel que va de visita a un zoo.
No tendría problema alguno con nada de todo esto porque al fin y al cabo venimos a por la aventura. Aunque… el tiempo no pinta bien. Dime tú que hay por hacer cuando llueve a mares en una isla sin nada que está destinada al sol, el mar y la playa. Pues eso, nada.
Los chicos se aventuran con el kayak hasta el arrecife y con la que les cae a mitad de camino consiguen volver a duras penas. Eso sí, con un remo de menos y algún que otro corte que les ha hecho el coral en los pies cuando las olas les han volcado el kayak.

Y la verdad es que me encantaría poder decir que después de esto las cosas mejoran… pero no es así. Nos dan la misma cena y el mismo desayuno dos días seguidos, el agua de la ducha decide no salir más y, para colmo, el staff se emborracha durante 24 horas seguidas. Mientras tanto, la lluvia solo para de caer un ratito que nos permite dar la vuelta a la isla – casi 3 horas para descubrir lo que ya sabíamos: esto es un paraíso muy mal aprovechado.

El resumen de las noches es fácil. Dormimos con miedo, sin apenas movernos porque hay rumores de bedbugs en las camas. Se suman a ellos los infinitos mosquitos que pretenden matar a Asia, las cucarachas y un par de ratas… Mi teoría es clara, si me dieran a elegir me quedaría con ratas y cucarachas. Al menos, estas no tratan de chuparte la sangre mientras duermes.
Después de un par de noches en ese lugar, hemos tenido suficiente y decidimos apretar al dueño para que nos devuelva el dinero y nos podamos ir. Se ve que la suerte se vuelve a poner de cara y después de unas palabras con él y de explicarle lo que ocurre, accede a hacernos la devolución y nos ofrece una noche gratis en su hostal de Nadi (comidas incluidas). Aceptamos sin dudar y a mediodía dejamos atrás Mana Island que nos despide con otro diluvio universal.

Sin embargo, el mal tiempo no nos va a impedir seguir disfrutando de Fiji. En uno de los países más felices del mundo no se puede ser infeliz. Eso nunca 😀

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Vaso medio lleno o medio vacío

¿Quieres dar pena, ser desgraciado, twittear siempre en negativo, recrearte en lo malo? Go right ahead. Pero no cuentes conmigo, porque la tristeza trae más tristeza, el pesimismo llama a más pesimismo y yo, hoy en día, huyo de esas cosas. A la mínima oscuridad que veo salgo corriendo como si no hubiera mañana. Prefiero recrearme en la felicidad o buscarla cuando no acabo de verla.
¿Sabes? La sonrisa SIEMPRE acude a quien está dispuesto a darle la bienvenida. Creo que esa fue la “lección” más importante que aprendí en 2011. No solo la aprendí (seguramente ya lo supiera), pero la interioricé y me lo empecé a creer como si fuera la más grande y absoluta verdad que existe.
¿Lo mejor? Funciona. Quizás deberías dejar de divertirte nadando y ahogándote en lágrimas y empezar a mirar la parte maravillosa de las cosas. Quizás. Pero yo no soy quién para decirte nada ni dar lecciones a nadie, así que me callo y dejo que fluyan las letras mientras pienso… cuanto se pierde por no querer ser feliz.
Todos decimos querer eso, verdad? ¿Cuántos son los que realmente luchan por ello? ¿cuántos los que se sientan a esperar que la felicidad aparezca por arte de magia? Hay que buscar, luchar, no conformarse, caminar sin pausa. Hay que jugar el partido para ganarlo. Y mientras, hay que disfrutar jugando.
Es fácil cuando decides dejar de quejarte (o pensarlo 5 veces antes de hacerlo, al menos). Basta querer y convencerse. Basta con sonreír hasta cuando duele. Basta perseguir los sueños con todas nuestras fuerzas. Cuando tú lo hagas, te permitiré decirme “claro, que fácil hablar de felicidad cuando estás a punto de volar a Fiji”. Sé que sabes la respuesta que me callé… Lo he luchado, lo he perseguido y me lo he ganado.

Con dos cojones y una sonrisa.

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Shark feeding dive

Ayer hice una inmersión que había decidido no hacer. Sin embargo, tanto en The Beachouse como en Uprising conocí a gente que la había hecho y me dejé convencer. Sí que es algo artificial y sí que es verdad que es más auténtico encontrarte a los tiburones sin querer, pero al mismo tiempo, es tan espectacular que se me olvidaron todos mis recelos.

Son 2 inmersiones a distintas profundidades, con distintos tipos de comida y, por lo tanto, distintos tipos de tiburones. White tips y black tips los menos espectaculares, que se comportan como perritos que quieren jugar con el tío que les da comida. Reef sharks que son la versión intermedia. Y finalmente (a falta del tiger shark que no saben por qué lleva tiempo sin aparecer), los bullsharks. Tiburones de verdad. Que muerden sin piedad, sin hacerle ascos a nada. Están todo lo entrenados que un tiburón puede estar y saben que solo les dan comida si van de uno en uno y llegando de la izquierda, pero a pesar de ello se saltan las reglas como buenos amos del océano que son y más de una vez les tienen que tratar de poner a raya. Por primera vez, pensé que no me gustaría encontrarme uno de estos sin querer haciendo snorkel, aunque por suerte suelen aparecer a un mínimo de 20 metros de profundidad.

La verdad es que no tengo palabras para describir lo grandes, espectaculares, fuertes y majestuosos que son, ni la sensación que te embarga cuando va uno de frente mirándote como si tratara de decidir qué pasaría si se saltara todas las normas y tratara de pegarte un bocado.

Este es el vídeo (sin zoom) de una de las cosas más increíbles que he visto en mi vida.

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Viajas sola?

Esa es una pregunta que me hace sonreír y la respuesta es más bien curiosa: Sí, salí de casa sola, pero desde entonces no he dejado de tener compañía en todo momento. No son amigos y de algunos no me quedo ni un mail de contacto, pero son compañeros de viaje. A veces, son solo colegas por un día, otras veces por unas horas e incluso, como parece que va a ser con mis nuevos “amigos”, por unas semanas.
Gente de todas las nacionalidades que se mueve por el mundo de formas diferentes y con objetivos distintos. Algunos más parecidos a mí, otros con los que todo lo que tengo en común es el país que piso.

Me encanta la riqueza de historias, anécdotas, creencias, pensamientos… que eso me aporta, y me fascina la rapidez con la que la gente que se encuentra por el camino se une para crear una mini familia a la primera oportunidad.

Por otro lado, menos mal que hoy tengo una familia española con la que jugar a cartas e ir a hacer snorkel un poco más tarde, porque el cielo se ha tomado en serio lo del monzón y está cayendo una tormenta de campeonato. Dicen los periódicos fijianos que Nadi, una de las ciudades más importantes, está inundada. Han cerrado el aeropuerto y no salen ni llegan autobuses. ¿Quién iba a pensar que en el paraíso también tienen problemas?

Voy a tener que rescatar las palabras que decía mi instructor de buceo tailandés cuando llovía: “Todos al agua antes de que nos mojemos!!”

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Comienza mi vuelta al mundo

Puesta de sol en The Beachouse, Fiji

Me pongo a escribir sintiendo que quiero decir algo, pero sin saber muy bien como empezar. Podría explicar las tecnicidades del viaje, las escalas, las horas, las esperas. Podría explicar los pequeños sacrificios hechos día a día, sin pausa, para poder estar hoy aquí, pero la primera puesta de sol en este nuevo continente hizo que se me olvidaran todos. Podría explicar las renuncias, las personas que echo de menos, las cosas que dejo de hacer, pero no tendría sentido. Hago esto, estoy aquí, porque es lo que quiero hacer. Y me hace extremadamente feliz.
Poder levantarme cuando sale el sol, ir a correr a la playa, desayunar y sentarme en una hamaca que está a un metro escaso de la arena para escribir estas letras. Poder surfear, bucear, pasear en kayak, hacer un trekking por la jungla. Poder hacer nada. O algo. O todo. Poder decidir. Ser libre, sin horarios, sin reloj, sin explicaciones. Basar mis días teniendo en cuenta el tiempo y una pregunta muy simple: Qué quiero hacer? Y hacerlo.

No es suerte, es voluntad. No es riqueza contada en dólares, sino en elecciones, en experiencias. Es la riqueza y la suerte de tener las cosas claras, de haber sabido descubrir qué es lo que me hace feliz. Durante años, he ido tomando consciencia de que es un camino constante en el que lo más importante es escucharse a uno mismo y hacerse caso, porque nosotros somos los únicos que sabemos cómo hacernos felices.
Es también valentía. No solo la mía, sino la de cada uno de los que conozco que se dedican a viajar. Gente que se sale del camino marcado, rompiendo cadenas, decepcionando amigos y familiares, renunciando a una vida normal y fácil, con el solo objetivo de encontrar ese “algo más” que intuímos que tiene que existir. Ese algo más que hace que te levantes a las 6 de la mañana con la salida del sol para ir a surfear porque eso es exactamente lo que quieres hacer. Un algo más que no existe en la rutina (al menos no para mí), un algo más que tiene que ver con moverme, con lo desconocido, con actividades nuevas, con gente por conocer, con batidos de frutas al lado del océano, con ir sumando piezas al puzzle. La primera de todas fue Tailandia, la segunda el buceo y, a partir de ahí, empecé a ser consciente de que había abierto puertas a muchas aventuras y de que no me las quiero perder. Quiero vivir tantas como pueda.

En eso estamos.

Cuarto continente, sexto país. Y tantísimo mundo por delante.

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Pasado, presente y futuro

Estos días tengo Tailandia muy cerca. Me llega de una mano amiga en forma de breves anécdotas que me dejan con ganas de más y de imágenes de lugares tan familiares que me parece imposible que esas no sean mis fotos.
Por culpa de ello, he repasado y vuelto a repasar los álbumes de esos dos meses que pasé en la tierra de la felicidad simple. No las fotos que publiqué, sino todas. Las buenas y el resto. Las borrosas, las que están cortadas, las que no tienen interés para nadie más que para mi, las repetidas 500 veces. Las miro por orden y me cuento la historia a mi misma como si no la supiera, y cuando un detalle casi olvidado me sorprende me pongo a reír. Sí, parezco uno de esos newyorkers locos que se pasean felizmente cantando por la calle… pero a mi me gusta contarme historias que casi nadie más entendería.
Además hoy, “gracias” a una extraña actualización de facebook, he podido filtrar los estados y textos que acerté escribiendo en esa época en la que habitaba esos 21 km cuadrados de tierra. La verdad es que son más bien pocos y simples. Cosas como “I’m a happy diver!” con una respuesta que lee “And I’m a diver with a cold and a bad foot. But really happy too!”.

Y no he sonreído, no. Me he reído a carcajadas. Han vuelto esos momentos con tal claridad que no he podido hacer de menos. La moto, la bajada, la subida, Aow Leuk, el tornado, las pinzas de Dan, los gomitos en la playa, el betadine, los peces que comen piel muerta. El buceo… Como el del video de Bill que también me ha dejado con una gran sonrisa en la cara. El barco rosa, las caras conocidas, las rutinas que aprendí, los reguladores, los tanques, los BCD’s, esas aguas y peces que ya me eran familiares. Phoenix Divers. Koh Tao.

Me encanta porque igual que la isla es una isla-burbuja, los recuerdos también lo son. Nada malo se cuela en ellos. Todo bueno. Y las ganas de volver a pisar esos caminos y zambullirme en ese mar. Las ganas de dejar los -2º atrás y volver a los 30º.

Y si no os lo explico todo es porque hay partes del cuento que son como las fotos descartadas: solo nos importan a los que vivimos todo aquello 🙂

La cuenta atrás ya es algo muy real… 4 semanas 
-aunque antes de Tailandia toca Fiji!-
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The pursuit of happiness

Son incontables las veces que he preguntado a amigos y conocidos en los últimos años “Por qué eres feliz?” o “Eso te basta?”. Siempre me ha parecido que tiene que haber algo más en la vida que un trabajo de 8 horas al día, 5 días a la semana y dos días de finde para compaginar todo el resto. Dormir, comer, trabajar y de vuelta a casa para volver a empezar. Y dos días de premio para disfrutar.

Cuando lo pienso como un estilo de vida para mi, solo me sale pensarlo como un camino que lleva a algo más, una herramienta para conseguir algo que vaya más allá. Pero parece que la gente se conforma con ello, que la mayoría encuentran la más absoluta felicidad en esa rutina y que ese es el objetivo final.

Quizá algún día llegue a encontrarle el gusto a lo tradicional, pero aún no es el momento (llevo cuatro años repitiendo esa frase y creo que la puedo repetir algunos más).

Por ahora, tengo una deuda conmigo misma – volver a hacer algo que realmente me haga feliz cada día. Sé que suena utópico y que es casi imposible, pero voy a tratar de que mi vida se acerque a ello lo más posible. Por eso lo de viajar. Porque la rutina me aburre y el aburrimiento es infeliz. Y porque de los últimos años, hay muy pocos meses en los que cada día contestara a un “cómo estás?” con la palabra mágica “feliz”.

Cada día.

Seguramente también fui feliz en un 75% el resto de los meses, algunos días mucho más, otros algo menos, pero de un 75 a un 95… hay una diferencia abismal – como de un notable a un excelente. Hay algo en ese 20% extra que hace que viva con entusiasmo y pasión, más allá de la comodidad, la seguridad y el bonito camino marcado.

Viajar significa emoción, incertidumbre, no saber qué haré a dos días vista. La sorpresa de descubrir cosas nuevas en lugares nuevos y de aprender algo de cada sitio. Tener la libertad para decidir qué quiero hacer… “me voy a la playa a leer o mejor aprendo a surfear?”, “buceo mañana o cambio el rumbo y me adentro en la jungla?”, “prefiero descubrir la benevolencia de Auckland como ciudad o mejor me dedico a fotografiar paisajes de ESDLA?”.

Curiosamente, mientras escribo mi mente me pregunta por qué no lo pensé antes, qué era lo que me hacía feliz antes de saber que quizá haya algo más ahí fuera a parte del tan repetido nine-to-five (horario de trabajo estándar en USA). Y tengo una respuesta.

Lo que me dio la vida, el punto extra de ilusión, pasión y chispa, lo que me hacía levantar de la cama todos los días con ganas, lo que me llenaba de felicidad y ganas de mejorar, de aprender, de superarme, de luchar, de comerme el mundo…  Ese algo que me hizo feliz fue el (hasta ahora) amor de mi vida, el deporte al que dediqué toda mi energía durante 13 años: el Basket.

Así que para mí se trata de eso. De encontrar algo grande, más grande que yo misma, algo que me mantenga enamorada, que me haga sentir viva. Y si no lo encuentro, toca seguir buscando. Envidio a los que son felices con mucho menos, pero algunos no hemos nacido para conformarnos con “good enough”, lo cual me trae de vuelta a este vídeo:

Nada más. Steve Jobs lo dice TODO.

   

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RTW trip

Quedaos con eso… RTW – Round The World

Algunos ya me han escuchado poner en palabras mi siguiente sueño, otros lo pueden imaginar y al resto supongo que les cogerá por “sorpresa”. Tan por sorpresa como puede ser algo viniendo de mi.
Se cumplen 8 meses desde que llegué a Nueva York y así como hasta ahora cada mes ha sido uno más, ahora que he llegado al ecuador de mi visado, cada mes va a ser uno menos. Un mes menos para terminar una aventura genial y empezar otra mejor. Ya ha empezado mi cuenta atrás.

Con ella empieza el ahorro más serio (incluyendo la venta de posesiones), la creación del boceto/esqueleto del viaje, las listas de cosas por hacer antes de irme, de cosas que necesito y de cosas de las que debo prescindir. Al fin y al cabo, en unos meses estaré viviendo con la casa a cuestas en forma de mochila.

He investigado mucho para adaptar lo que quiero hacer a lo que me voy a poder permitir. He batallado con agencias (de viajes, de seguros…), he contactado embajadas (me falta la mía en NY), he leído guías y blogs a montones, he bombardeado con preguntas a amigos que viajan o han viajado, pero sobretodo me he formulado las preguntas mágicas “¿qué quiero hacer?” y “¿es posible?”

Lo es. Va tomando forma. Día a día. Paso a paso.

La primera parte del viaje la tengo bastante clara – cruzar el país por tierra, ver Los Angeles y salir de allí hacia Fiji. Nueva Zelanda y Australia a continuación. Luego a Indonesia. Y ahí es cuando  todo está un poco más borroso. Ya no tengo claro cuantos días en cada país, si saltarme alguno que había pasado los primeros cortes (Malasia), si ver solo la capital y seguir subiendo, si alargar el periodo tailandés para incluir el Dive Master o si alargar la estancia en Indonesia que es un lugar nuevo para mi… El puzzle no tiene tanto sentido cuando es hora de montar Asia, pero es realmente por un buen motivo: allí el dinero no me limita tanto y no tiene porque dibujar mi itinerario como me pasa con Australia.
Puedo colocar las piezas como yo quiera (con permiso de los tiempos de visados) y por ello, estoy muy segura de que voy a dejar muchas sin colocar y ya les encontraré su sitio cuando llegue. Al fin y al cabo, ya he viajado antes y tengo muy claro que los planes cambian a cada segundo. Te enamoras de un sitio y no quieres irte, en otro estás listo para marcharte antes de lo planeado, conoces gente que te cuenta historias maravillosas de sitios que no sabías que existían o que viaja unas millas/días contigo… Nunca se sabe.

Lo importante es esto: me he decidido a echarme a la carretera otra vez y tengo fecha de partida. Y como me dijeron el otro día “si me lo dijera otra persona me reiría, pero lo dices tú y estoy segura de que lo vas a hacer”.

Mi vuelta al mundo empieza ya. Preparativos en marcha. Paciencia y ganas, muchas ganas. ¿Os venís?

 

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