Recuerdos

S’àvia Úrsula

Me han dicho hoy que ya no voy a verte más. No sé si las últimas veces que te vi, tú me viste a mi… pero sí que sé que tú siempre siempre me hiciste sonreír.

Recuerdo llamarte para decirte lo que quería en mi bocadillo… “s’àvia, vull atún o sobrassada i ara venc a cercar es panet”. Y luego, al salir de clase venía otra vez y te pedía una “poma pelada feta 4 trossos” y tú con tu paciencia de abuela hacías magia y me concedías todas esas cosas.

Luego, bajábamos a tu casa con mis primos terremotos… nos comíamos los periódicos, construíamos castillos, jugábamos en la acera, hacíamos pasta para comer o para cocer, comíamos “pilotes” a la fresca, polos hechos en casa… y estábamos contigo – S’ÀVIA con todas las letras, probablemente te gastamos el nombre entre todos… porque tú fuiste todas las cosas que una abuela tiene que ser. Regalessies, caramel·los d’eucalipto, chupet, pa de l’avi, dibuixos a sa tele, portau-vos bé.

No me importa mucho si nadie más entiende lo que escribo. Yo lo entiendo, y gracias a todo esto yo soy lo que soy, y mis primos son lo que son. Son tantas cosas que se han ido hoy que el día en Tailandia ha decidido nublarse y ponerse triste… No tiene sentido tener un buen día cuando un ángel como tú se va. Tú nos cuidaste a todos sin una sola queja. Nosotros te quisimos a ti sin una sola duda.

T’estimam, s’àvia.
S'àvia Úrsula

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Mis mundos

Estos últimos días pienso muchas veces en como cambian las cosas y en como cambia nuestra manera de percibirlas cuando nos alejamos de ellas. Como es distinta la realidad al recuerdo y como son distintos los sentimientos desde dentro y desde fuera. No es decir nada nuevo si afirmo que cuando todo esto sea parte de mi pasado, pensaré que fueron los mejores años de mi vida, guardaré solo lo bueno y ahogaré hasta aniquilar cualquier resquicio de lo malo.

Igual que he hecho siempre con mis otros hogares.

 

De Alexandria echo de menos el coche, ser la taxista de los niños, tener la libertad de poder subir a ese gigante de metal grisáceo que me prestaban Corny y Patty para ir a perderme a cualquier lugar o a encontrarme en la cancha de NOVA. Echo de menos grabar a Sophia y a Q en sus actuaciones de estrellas baratas y cocinarles sin usar más que el microondas. Echo de menos tener una persona que estaba a mi lado aunque estuviera a más de 6000 km de distancia y poder abrir el ordenador en cualquier momento para contarle mis temores sabiendo que los acallaría con una frase. Echo de menos los centros comerciales por los que paseaba aún sabiendo que no iba a comprarme nada y las tiendas de cosas fascinantes que no teníamos en España. Echo de menos las calles tranquilas del suburbio rico en el que vivía y por las que paseaba a Snickers cada mañana mientras leía todos los mensajes nuevos del foro de NBAdictos.

Y lo que no echo de menos, se me ha olvidado.

 

De Brooklyn echo de menos las puestas de sol en las que no veía ponerse el sol pero a cambio sí que veía como cambiaba el color de las paredes del barrio. Se volvían doradas e incluso el ambiente se teñía de ese color que me hacía sentir que todos los sueños se pueden hacer realidad. Echo de menos caminar 8 bloques hasta el Dunkin Donuts para comprarme un café enorme y hacer lo que hacen los americanos – beber sorbito a sorbito mientras camino de vuelta a casa o hacia algún otro lugar. Y pienso ahora ¿cómo me mirarían en España si hiciera la compra con un café para llevar en la mano? Echo de menos ir lejos, muy lejos, porque a veces el placer no es solo estar en un sitio sino tener que llegar. Música en los cascos, manos en los bolsillos, caminando un rato, en metro otro rato más y mientras, perderme en mi mente que se me da muy bien pero solo cuando me muevo. Si me siento en mi habitación o en un banco no funciona, necesito moverme aunque sea sentada en un vagón de tren. Echo de menos mi calle, mis vecinos, mis amigos, sentarme con ellos en el portal y compartir unas cervezas y unas risas. Echo de menos la inmensidad y los puentes, el frío cerca del río. Echo de menos saber que toda la modernidad y la tecnología están al alcance de la mano, y las Apple Store… las echo de menos también.

Y lo que no echo de menos, se me ha olvidado.

 

Y si bien estoy tentada de decir que no echo de menos nada de Barcelona, sería una mentira. Hay algo que echo mucho de menos, quizás más que cualquier otra cosa mencionada hasta ahora. Echo de menos vivir con mis primos, con Toni y con Monica, con Francesc, Joan y Àngel. Tanto, tanto, que firmaría sin pensarlo estar viviendo con ellos ahora mismo. Quizá también echo de menos las mañanas al sol jugando a baloncesto en compañía.

Y todo lo que no echo de menos, se me ha olvidado.

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