Manhattan

Serendipity

Look for something, find something else, and realize that what you’ve found is more suited to your needs than what you thought you were looking for.
Manhattan skyline under the Manhattan Bridge
A veces buscas algo y, sin querer, te encuentras con algo completamente distinto. Algo que no sabías que buscabas, que no sabías ni que existía. 
De cada día tengo más clara la respuesta a la pregunta que todo el mundo me hace: qué es lo que más te gusta de New York?
Brooklyn que como las mejores cosas me ocurrió sin querer, cuando me empeñaba en querer vivir en Manhattan. La suerte, el destino, Dios… Serendipity.
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Harlem, NY

Harlem by Neusallen

Harlem, a photo by Neusallen on Flickr.

*The most beautiful places ain’t always the ones highlighted on every guide*


Sorpresas que se esconden detrás de una esquina o justo al subir unas escaleras. Lugares que nunca imaginarías que están ahí y, sin embargo, son tan New York como lo pueden ser Times Square o el Empire State Building.

Rincones preciosos de una ciudad que poco a poco se me va escapando. En 3 meses me subo a mi avión, ese que me llevará a terminar la vuelta al mundo… y estos días empiezo a ser más y más consciente de algo que ya sabía: hay ciertas cosas que ya no podré hacer, sitios a los que no podré volver, gente que se quedará atrás… y lo echaré de menos.

Cada cosa tiene su lugar y su momento, y ahora estoy segura de que cuando me marche de aquí no me quedará otra que decir que esta etapa ha sido maravillosamente impresionante.

Tres meses… 🙂

Alex tiene razón, da cierta sensación a calle “pirata” por algún motivo que no alcanzo a comprender.
 

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De cómo procesar la realidad

Al calor, al frío, a la humedad o a la lluvia. A estar solos, a ser dos o a formar parte de un grupo. A la rutina de estar en casa o a la de la distancia. A un trabajo, unos estudios, unos horarios o a la falta de todo ello. A una cultura distinta, a un país que no entendemos, a un idioma nuevo o a lo mismo de siempre. Las personas somos capaces de acostumbrarnos a todo.

Si queremos.

En ocasiones, nos lo ponemos difícil a nosotros mismos por no querer acostumbrarnos a una situación que no habíamos previsto, por no querer aceptar un cambio que no imaginábamos. Con nuestra cabezonería, no conseguimos evitar que las cosas sigan su curso y solo hacemos más difícil lo de avanzar y sonreír por el camino.
Cuesta. A mi particularmente me cuesta mucho. Dejar ir lo que quería, lo que había imaginado, lo que había planeado y aceptar el cambio que se me ha impuesto. Me cuesta transformar cada oportunidad en una ventana abierta de cosas positivas. Me cuesta mantener en mi cabeza el pensamiento de que todo sucede por alguna razón… Pero cuando lo hago, las cosas funcionan mejor y todo toma un sentido nuevo. “No es lo que quería, pero es lo que tengo. Vamos a hacer algo bueno con ello.” Quiero pensar que cada vez se me da mejor lo de “Go with the flow”.

A veces, supone dejar que alguien se marche sin esperar que vuelva nunca más y aprender a sonreír por lo bueno que deja en nuestro pasado. Otras veces, es disfrutar del paisaje de nuestra rutina aunque deseemos estar en otro lugar. En más de una ocasión, un cambio nos hará tambalear hasta que le podamos ver algo bueno. Pero nos acostumbramos.

Me he acostumbrado a vivir en una ciudad que me impone dos horas de metro al día y una frialdad interrelacional extrema. Y no solo me he acostumbrado, sino que sonrío todos los días porque lo que no me gusta no pesa suficiente para desbancar a lo que me gusta. Por una vez en la vida he ido más allá de las quejas y he tratado de encontrar el encanto a la no-perfección. Con ello me he enamorado.

De una forma más racional que la pasión por mis islas (la del mediterráneo y la del golfo de Tailandia), de una manera más suave y progresiva. Me he enamorado de Brooklyn de una forma un tanto egoísta, diría yo. Me hace sentir bien y me hace feliz con sus detalles, con sus regalos del día a día, con dejarme respirar tan pronto como salgo del metro volviendo del trabajo. Pero cuando sea hora de irme, lo haré sin mirar atrás. Quizá sea solo un amor de conveniencia.

Me gustan mi calle y mi bloque, el deli de la esquina. Las paredes cuando se pone el sol y se tiñen de un tono dorado que no había visto en ningún otro lugar. Escuchar el sonido de un balón en la calle todos los días y ver desfiles de zapas diferentes cada semana. El vecino que me dice hola todas las mañanas y que me echa de menos cuando no paso en mi día libre. El chico que me cobra 1’50$ por mi zumo antes de subir al metro. La vecina que se sienta a vigilar a Max y Jesus que corretean en bici cada atardecer. Poder cruzar la calle sin mirar. Los chavales que se ofrecen a cargar mi colada cuando paso cargada o que me cuentan los minutos que tardo cuando voy a correr. La chica que me avisa cuando hay 2×1 de Hägen Dazs en el supermercado.
Me gustan la paz y la tranquilidad, la atmosfera de pueblo que adquiere el barrio. La gente sin prisas que habla de lado a lado de la calle. Los vecinos que traen las cartas a casa porque el cartero se equivocó y las dejó en su buzón. Las fiestas en las calles el fin de semana. El casero que cuando viene a vernos trae zumo de cranberry porque yo dije que no lo había probado nunca. La ausencia de taxis porque todos prefieren andar puesto que para ellos el dinero tiene un valor muy distinto al valor que tiene en Manhattan.

Cada situación contribuye a que me sienta bien, a que pasee con una sonrisa y que se me olvide que para disfrutar de esto, también tengo que sobrevivir a mis 5 días en Manhattan. No es que el hermano famoso de mi nuevo amor sea muy malo, es solo que no está hecho para mí. Ese frío que no sucumbe ni ante los 35º de estos días, me impide sentirme en casa cuando cruzo el East River.

Me gusta que Brooklyn sea como yo. Con altos y bajos, pero con una mentalidad en la que la vida le gana al trabajo. Me gusta el carácter rebelde de sus habitantes, porque ellos no quieren ser como “esa gente que vive in the city”. Yo tampoco. Yo prefiero ser de Brooklyn. Yo soy de Bed-Stuy y me gusta.

 

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