Fiji

Comparaciones imposibles

Cuatro fotos de un mismo momento del día en cuatro lugares muy distintos entre si y diferentemente especiales. Capturas de un instante en el que el hombre se para para admirar la naturaleza, ese momento en que el día deja de ser día para dar paso a la noche, ese momento de cambio fugaz que tanto me gusta admirar.

Son Bou, Menorca

Son Bou, en mi isla de nacimiento. Como casi todas, una puesta de sol tranquila, cielo de verano sin nubes. El día parece morir para que la noche llegue. El día acepta el momento de su relevo plácidamente.

Coral Coast, Fiji

Costa sur de la isla principal de Fiji. Cielo de tormenta tropical sin que llegara nunca la lluvia. En Fiji los colores se pelean y se entremezclan, los fríos con los calientes, los del día con los de la noche. Existe ese momento en que se funden para ser uno solo.

Manhattan from Brooklyn, NYC

Desde mi barrio mirando hacia la jungla de asfalto. Contraste de un fenómeno de la naturaleza con un fenómeno del ser humano, la puesta de sol suave contra la agreste ciudad. La maravilla de una transición lenta, sin lucha, de una fusión agradable del día con el atardecer y luego con la noche.

Koh Tao, Thailand

Koh Tao, mi isla de adopción. Puestas de sol salvajes, a cada cual más espectacular. Con nubes, con sol, con luna, con mar. Naturaleza en su estado más puro. Instante de lucha en que el día parece batallar por quedarse y la noche empujar para llegar. El cielo tiene tendencia a encenderse, a volverse de fuego, a dejar con la boca abierta a todo aquel que esté mirando. Naturaleza contra naturaleza. Pasión.

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El otro lado del mundo

Waiting for the bus to Suva, Fiji

“Once you have traveled, the voyage never ends, but is played out over and over again in the quietest chambers. The mind can never break off from the journey.” -Pat Conroy

Y así es, aún cuando no estoy en la carretera, aún cuando estoy en casa, aún cuando el movimiento de mis pies ha cesado… aún entonces, yo sigo viajando. Mi mente me trae de vuelta una y otra vez a lugares en los que ya he estado, mientras juega a imaginar como serán los lugares que me quedan por pisar.

No hay día en el que no me escape por un momento de mi rutina veraniega para seguir sonriendo con lo que he visto y lo que me queda por ver. Algunas veces, incluso, me dedico a “viajar” siguiendo los peregrinajes de la gente que he conocido en mis periplos por países extranjeros. Y no me canso de ello. Cada historia es tanto o más maravillosa que la anterior, cada foto más bonita, cada aventura que viven más fascinante. Lo importante es dejar la comodidad de lo conocido para embarcarnos en nuevas aventuras. Seguir aprendiendo, seguir conociendo gentes, lugares y culturas, no parar nunca, ni aún cuando estemos físicamente quietos en un sitio.

Hoy me he perdido recordando mis días tranquilos en Fiji – desayunos de bufet libre, excursiones en autobús, pesca en kayak, surf para principiantes, mercadillos ambulantes, joyas de coco, ejercicio en la playa…, pero sobretodo el relax del “Fiji time” y la calma y felicidad de los que hacen gala los fijianos. Precioso país de magnífica cultura del que me quedaron muchas cosas por ver.

Algún día volveré.

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La aventura de Mana Island

Después de 12 días en la Coral Coast, decido moverme con los chicos españoles del rugby para las islas del oeste. La oferta que tienen son 6 noches, 7 días, comidas incluídas y el barco de ida y vuelta por 420FJD y no puede sonar mejor. La isla es pequeñita (supuestamente se puede dar la vuelta en 3 horas) y tiene un arrecife de coral bastante importante. Suenan también las palabras “buen buceo” y con eso me dejo comprar.
La aventura empieza con Matías (Martín y Asia salieron un día antes y Facu viene un día después), con el que nos subimos a un bus que nos va a llevar hasta Nadi en 4 horas. Allí cerramos el trato con un hindú gordo que lleva las uñas pintadas de morado berenjena y quedamos con él que nos recogerán por la mañana para llevarnos al barco.
Por primera vez en la historia fijiana nos recogen antes de la hora prevista y nos acercan a otra guesthouse para que esperemos junto a los otros chicos que también tienen Mana como destino. Ahí sí que hacen gala de su cultura y del Fiji time y la partida que tenía que ser a las 9 de la mañana es finalmente a las 10.30.
Justo antes de subir a un barco (barquito, diría yo) con otras 6 personas y otras tantas maletas, nos chilla un señor que nos estamos dirigiendo hacia la zona donde va a azotar un ciclón. Bien, empezamos bien.
“Why not?” recuerdo mientras nos subimos al bote.

El trayecto es durillo y se alarga hasta la hora y media (debían ser 45 minutos) con olas lo suficientemente grandes como para haber decidido no cruzar. Durante todo el rato que estamos navegando, me repito una y otra vez que tengo mucha suerte de ser de mar. Dos de las chicas se marean en el barco y pasan un rato angustioso, mientras yo charlo entretenidamente con un inglés que lleva desde agosto viajando. Hablamos de países, de aventuras, de buceo y me siento en mi salsa.
Finalmente, llegamos a “puerto” donde nos esperan Asia y Martín con una medio sonrisa y una frase: “chicos, no os quejéis hasta que veáis el resort!”. Oh my… Nos acercamos a hacer el check-in y lo único que nos dicen es que no bebamos agua del grifo, que hay electricidad de 6 de la tarde a 6 de la mañana y que si necesitamos algo que les avisemos pero que tengamos en cuenta que en Mana el Fiji time se multiplica por 10. Paciencia por 15, pienso.
Entramos a la habitación. Cuatro paredes, dos camas, una ventana de cárcel y una cortina. No hay bombilla. De hecho, no hay nada más, ni sábanas. Descubrimos que tampoco tienen toallas, aunque no nos van a hacer falta… La ducha compartida es una manguera de la que a veces sale agua y a veces no. Asia me dice que se ha “duchado” en el mar. “La comida no está mal” añade como quien quiere encontrarle lo positivo.

Salimos de ahí dispuestos a no pisar el resort más que para comer y dormir, y descubrimos que los otros tres resorts son iguales y que el único que es distinto es el que tiene dueño japonés y cuesta mínimo 400FJD la noche, el cual tiene piscina, spa y pistas de tenis. El lujo y la pobreza más absoluta son vecinos y se dan la mano. Obviamente, tenemos prohibido acercarnos a ese lugar y, sin embargo, los japoneses se pasean por “nuestro” territorio como aquel que va de visita a un zoo.
No tendría problema alguno con nada de todo esto porque al fin y al cabo venimos a por la aventura. Aunque… el tiempo no pinta bien. Dime tú que hay por hacer cuando llueve a mares en una isla sin nada que está destinada al sol, el mar y la playa. Pues eso, nada.
Los chicos se aventuran con el kayak hasta el arrecife y con la que les cae a mitad de camino consiguen volver a duras penas. Eso sí, con un remo de menos y algún que otro corte que les ha hecho el coral en los pies cuando las olas les han volcado el kayak.

Y la verdad es que me encantaría poder decir que después de esto las cosas mejoran… pero no es así. Nos dan la misma cena y el mismo desayuno dos días seguidos, el agua de la ducha decide no salir más y, para colmo, el staff se emborracha durante 24 horas seguidas. Mientras tanto, la lluvia solo para de caer un ratito que nos permite dar la vuelta a la isla – casi 3 horas para descubrir lo que ya sabíamos: esto es un paraíso muy mal aprovechado.

El resumen de las noches es fácil. Dormimos con miedo, sin apenas movernos porque hay rumores de bedbugs en las camas. Se suman a ellos los infinitos mosquitos que pretenden matar a Asia, las cucarachas y un par de ratas… Mi teoría es clara, si me dieran a elegir me quedaría con ratas y cucarachas. Al menos, estas no tratan de chuparte la sangre mientras duermes.
Después de un par de noches en ese lugar, hemos tenido suficiente y decidimos apretar al dueño para que nos devuelva el dinero y nos podamos ir. Se ve que la suerte se vuelve a poner de cara y después de unas palabras con él y de explicarle lo que ocurre, accede a hacernos la devolución y nos ofrece una noche gratis en su hostal de Nadi (comidas incluidas). Aceptamos sin dudar y a mediodía dejamos atrás Mana Island que nos despide con otro diluvio universal.

Sin embargo, el mal tiempo no nos va a impedir seguir disfrutando de Fiji. En uno de los países más felices del mundo no se puede ser infeliz. Eso nunca 😀

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Vaso medio lleno o medio vacío

¿Quieres dar pena, ser desgraciado, twittear siempre en negativo, recrearte en lo malo? Go right ahead. Pero no cuentes conmigo, porque la tristeza trae más tristeza, el pesimismo llama a más pesimismo y yo, hoy en día, huyo de esas cosas. A la mínima oscuridad que veo salgo corriendo como si no hubiera mañana. Prefiero recrearme en la felicidad o buscarla cuando no acabo de verla.
¿Sabes? La sonrisa SIEMPRE acude a quien está dispuesto a darle la bienvenida. Creo que esa fue la “lección” más importante que aprendí en 2011. No solo la aprendí (seguramente ya lo supiera), pero la interioricé y me lo empecé a creer como si fuera la más grande y absoluta verdad que existe.
¿Lo mejor? Funciona. Quizás deberías dejar de divertirte nadando y ahogándote en lágrimas y empezar a mirar la parte maravillosa de las cosas. Quizás. Pero yo no soy quién para decirte nada ni dar lecciones a nadie, así que me callo y dejo que fluyan las letras mientras pienso… cuanto se pierde por no querer ser feliz.
Todos decimos querer eso, verdad? ¿Cuántos son los que realmente luchan por ello? ¿cuántos los que se sientan a esperar que la felicidad aparezca por arte de magia? Hay que buscar, luchar, no conformarse, caminar sin pausa. Hay que jugar el partido para ganarlo. Y mientras, hay que disfrutar jugando.
Es fácil cuando decides dejar de quejarte (o pensarlo 5 veces antes de hacerlo, al menos). Basta querer y convencerse. Basta con sonreír hasta cuando duele. Basta perseguir los sueños con todas nuestras fuerzas. Cuando tú lo hagas, te permitiré decirme “claro, que fácil hablar de felicidad cuando estás a punto de volar a Fiji”. Sé que sabes la respuesta que me callé… Lo he luchado, lo he perseguido y me lo he ganado.

Con dos cojones y una sonrisa.

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Shark feeding dive

Ayer hice una inmersión que había decidido no hacer. Sin embargo, tanto en The Beachouse como en Uprising conocí a gente que la había hecho y me dejé convencer. Sí que es algo artificial y sí que es verdad que es más auténtico encontrarte a los tiburones sin querer, pero al mismo tiempo, es tan espectacular que se me olvidaron todos mis recelos.

Son 2 inmersiones a distintas profundidades, con distintos tipos de comida y, por lo tanto, distintos tipos de tiburones. White tips y black tips los menos espectaculares, que se comportan como perritos que quieren jugar con el tío que les da comida. Reef sharks que son la versión intermedia. Y finalmente (a falta del tiger shark que no saben por qué lleva tiempo sin aparecer), los bullsharks. Tiburones de verdad. Que muerden sin piedad, sin hacerle ascos a nada. Están todo lo entrenados que un tiburón puede estar y saben que solo les dan comida si van de uno en uno y llegando de la izquierda, pero a pesar de ello se saltan las reglas como buenos amos del océano que son y más de una vez les tienen que tratar de poner a raya. Por primera vez, pensé que no me gustaría encontrarme uno de estos sin querer haciendo snorkel, aunque por suerte suelen aparecer a un mínimo de 20 metros de profundidad.

La verdad es que no tengo palabras para describir lo grandes, espectaculares, fuertes y majestuosos que son, ni la sensación que te embarga cuando va uno de frente mirándote como si tratara de decidir qué pasaría si se saltara todas las normas y tratara de pegarte un bocado.

Este es el vídeo (sin zoom) de una de las cosas más increíbles que he visto en mi vida.

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Viajas sola?

Esa es una pregunta que me hace sonreír y la respuesta es más bien curiosa: Sí, salí de casa sola, pero desde entonces no he dejado de tener compañía en todo momento. No son amigos y de algunos no me quedo ni un mail de contacto, pero son compañeros de viaje. A veces, son solo colegas por un día, otras veces por unas horas e incluso, como parece que va a ser con mis nuevos “amigos”, por unas semanas.
Gente de todas las nacionalidades que se mueve por el mundo de formas diferentes y con objetivos distintos. Algunos más parecidos a mí, otros con los que todo lo que tengo en común es el país que piso.

Me encanta la riqueza de historias, anécdotas, creencias, pensamientos… que eso me aporta, y me fascina la rapidez con la que la gente que se encuentra por el camino se une para crear una mini familia a la primera oportunidad.

Por otro lado, menos mal que hoy tengo una familia española con la que jugar a cartas e ir a hacer snorkel un poco más tarde, porque el cielo se ha tomado en serio lo del monzón y está cayendo una tormenta de campeonato. Dicen los periódicos fijianos que Nadi, una de las ciudades más importantes, está inundada. Han cerrado el aeropuerto y no salen ni llegan autobuses. ¿Quién iba a pensar que en el paraíso también tienen problemas?

Voy a tener que rescatar las palabras que decía mi instructor de buceo tailandés cuando llovía: “Todos al agua antes de que nos mojemos!!”

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Comienza mi vuelta al mundo

Puesta de sol en The Beachouse, Fiji

Me pongo a escribir sintiendo que quiero decir algo, pero sin saber muy bien como empezar. Podría explicar las tecnicidades del viaje, las escalas, las horas, las esperas. Podría explicar los pequeños sacrificios hechos día a día, sin pausa, para poder estar hoy aquí, pero la primera puesta de sol en este nuevo continente hizo que se me olvidaran todos. Podría explicar las renuncias, las personas que echo de menos, las cosas que dejo de hacer, pero no tendría sentido. Hago esto, estoy aquí, porque es lo que quiero hacer. Y me hace extremadamente feliz.
Poder levantarme cuando sale el sol, ir a correr a la playa, desayunar y sentarme en una hamaca que está a un metro escaso de la arena para escribir estas letras. Poder surfear, bucear, pasear en kayak, hacer un trekking por la jungla. Poder hacer nada. O algo. O todo. Poder decidir. Ser libre, sin horarios, sin reloj, sin explicaciones. Basar mis días teniendo en cuenta el tiempo y una pregunta muy simple: Qué quiero hacer? Y hacerlo.

No es suerte, es voluntad. No es riqueza contada en dólares, sino en elecciones, en experiencias. Es la riqueza y la suerte de tener las cosas claras, de haber sabido descubrir qué es lo que me hace feliz. Durante años, he ido tomando consciencia de que es un camino constante en el que lo más importante es escucharse a uno mismo y hacerse caso, porque nosotros somos los únicos que sabemos cómo hacernos felices.
Es también valentía. No solo la mía, sino la de cada uno de los que conozco que se dedican a viajar. Gente que se sale del camino marcado, rompiendo cadenas, decepcionando amigos y familiares, renunciando a una vida normal y fácil, con el solo objetivo de encontrar ese “algo más” que intuímos que tiene que existir. Ese algo más que hace que te levantes a las 6 de la mañana con la salida del sol para ir a surfear porque eso es exactamente lo que quieres hacer. Un algo más que no existe en la rutina (al menos no para mí), un algo más que tiene que ver con moverme, con lo desconocido, con actividades nuevas, con gente por conocer, con batidos de frutas al lado del océano, con ir sumando piezas al puzzle. La primera de todas fue Tailandia, la segunda el buceo y, a partir de ahí, empecé a ser consciente de que había abierto puertas a muchas aventuras y de que no me las quiero perder. Quiero vivir tantas como pueda.

En eso estamos.

Cuarto continente, sexto país. Y tantísimo mundo por delante.

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