día a día

Días

La mayoría de la gente, en un destello de innovación típico de las redes sociales, se queja de los lunes y se alegra de los viernes. De hecho, parece que cada semana es una simple cuenta atrás, una carrera desagradable que tiene por final dos días de descanso. Para mí es muy distinto.

Yo trabajo todos los días (si hay trabajo) y solo descanso cuando no hay clientes. Ayer no trabajé y, por un lado, se agradece mantener la piel seca durante un día, pero por otro me incomoda un poco porque yo no tengo un lunes asegurado. Yo podría estar un mes sin trabajar si no hubiera gente y no sería una sucesión de sábados, sino un mes sin trabajo y sin dinero. De este modo, consigo alegrarme de todos mis lunes porque significa que hay suficiente trabajo, significa que sigo sobreviviendo en este mundo superpoblado de divemasters, significa que sigo teniendo éxito en lo que hago. Mi última sucesión de lunes sumó 21 días seguidos, siendo ayer mi primer día libre en diciembre, y yo… me alegro. Me gustan mis lunes.

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Tiempo de Menorca

No es NY con su billón de cosas por hacer todos los días y su infinidad de rincones asombrosos por descubrir.
No es Fiji con su novedad, su tiempo cambiante, su compañía deportiva y sana.
No es Malasia con sus diferencias, sus extremos y su fugacidad.

Es Menorca, es la isla donde crecí y vuelvo a sentirme en casa en ella gracias a cosas tan básicas como algo de trabajo, agua y amistad.

Un trabajo de bar, de servir pomadas y cervezas, un trabajo de fiestas, de correr, de no parar. Algo para lo que estoy hecha. Para el estrés y las carreras, para el no pensar, para las horas llenas de desgaste. Me encanta.

Agua. Como siempre. El sitio donde me siento a gusto, donde soy más yo, donde soy feliz flotando a 25 metros de profundidad.
Buceando como he hecho en los últimos meses, aunque solo pueda ser una vez a la semana. Me llena increíblemente seguir viendo barracudas dando vueltas a mi alrededor mientras ando perdida en mis pensamientos, y todo gracias a mi tío con el que comparto pasión. Impagable.

Swim through en Es Pas de Cavalleria

Amistad. Cerrando capítulos que me doy cuenta de que caducaron ya, historias con gente con la que ya no comparto nada. Esas cosas ocurren… dejas de compartir el día a día, las canchas de baloncesto, la misma rutina, y dejas de tener cosas de las que hablar. A mi no me interesan las historias que me cuentan, a ellos no les interesan las mías. He aprendido que es así y que no pasa nada, que no hay culpas. Al fin y al cabo, lo único que teníamos en común ya no existe.
Por otro lado, amistad de la de siempre, eterna. Esas personas que sin importar cómo o por qué siguen ahí. Se interesan por mis viajes y mis locuras, mientras yo me intereso por sus rutinas, sus “problemas” y su lucha por lo que quieren. Personas con las que sé que siempre podré contar para jugar a tirar tapones de botellines de agua dentro de una jarra de cerveza. Parece una tontería, pero es mucho más importante que el resto de cosas que ocurren diariamente: reírte en compañía con algo totalmente irrelevante, reírte hasta llorar y vencer la sombra del aburrimiento. Dosis diaria de complicidad, de entendernos sin querer, de hacer el loco sin importar mucho más. La vida es sencilla con una amistad así.
Amistad que en los últimos años en la isla había echado mucho de menos. Un gustazo tener a mi gente de vuelta, por fin.

Este va a ser (y ya es) un gran verano de disfrutar de lo de siempre como si fuera nuevo.

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14 meses – Highlights en fotos

Un lugar  
Una persona
Un viaje
Una excursión
Mi foto favorita
Un sueño
Experiencia inesperada
Días duros
G train
Mi casa
Una rutina de fin de semana con gusto
Una visita

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Easy Peasy

Desayuno virtual, abrazos desde la isla en fotografía, Fashion Night Out NYC, visitas y la convicción de tener muy claro lo que haría con $10k extra.

Me encanta no tener palabras (besides I miss you & thank you, Dre!) 🙂

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Contradicción?

Conversaciones normales que hacen grande un día normal.

“The secret to happiness is simple: 
Have someone to love, 
something to do, 
and something to look forward to.”

  

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De cómo procesar la realidad

Al calor, al frío, a la humedad o a la lluvia. A estar solos, a ser dos o a formar parte de un grupo. A la rutina de estar en casa o a la de la distancia. A un trabajo, unos estudios, unos horarios o a la falta de todo ello. A una cultura distinta, a un país que no entendemos, a un idioma nuevo o a lo mismo de siempre. Las personas somos capaces de acostumbrarnos a todo.

Si queremos.

En ocasiones, nos lo ponemos difícil a nosotros mismos por no querer acostumbrarnos a una situación que no habíamos previsto, por no querer aceptar un cambio que no imaginábamos. Con nuestra cabezonería, no conseguimos evitar que las cosas sigan su curso y solo hacemos más difícil lo de avanzar y sonreír por el camino.
Cuesta. A mi particularmente me cuesta mucho. Dejar ir lo que quería, lo que había imaginado, lo que había planeado y aceptar el cambio que se me ha impuesto. Me cuesta transformar cada oportunidad en una ventana abierta de cosas positivas. Me cuesta mantener en mi cabeza el pensamiento de que todo sucede por alguna razón… Pero cuando lo hago, las cosas funcionan mejor y todo toma un sentido nuevo. “No es lo que quería, pero es lo que tengo. Vamos a hacer algo bueno con ello.” Quiero pensar que cada vez se me da mejor lo de “Go with the flow”.

A veces, supone dejar que alguien se marche sin esperar que vuelva nunca más y aprender a sonreír por lo bueno que deja en nuestro pasado. Otras veces, es disfrutar del paisaje de nuestra rutina aunque deseemos estar en otro lugar. En más de una ocasión, un cambio nos hará tambalear hasta que le podamos ver algo bueno. Pero nos acostumbramos.

Me he acostumbrado a vivir en una ciudad que me impone dos horas de metro al día y una frialdad interrelacional extrema. Y no solo me he acostumbrado, sino que sonrío todos los días porque lo que no me gusta no pesa suficiente para desbancar a lo que me gusta. Por una vez en la vida he ido más allá de las quejas y he tratado de encontrar el encanto a la no-perfección. Con ello me he enamorado.

De una forma más racional que la pasión por mis islas (la del mediterráneo y la del golfo de Tailandia), de una manera más suave y progresiva. Me he enamorado de Brooklyn de una forma un tanto egoísta, diría yo. Me hace sentir bien y me hace feliz con sus detalles, con sus regalos del día a día, con dejarme respirar tan pronto como salgo del metro volviendo del trabajo. Pero cuando sea hora de irme, lo haré sin mirar atrás. Quizá sea solo un amor de conveniencia.

Me gustan mi calle y mi bloque, el deli de la esquina. Las paredes cuando se pone el sol y se tiñen de un tono dorado que no había visto en ningún otro lugar. Escuchar el sonido de un balón en la calle todos los días y ver desfiles de zapas diferentes cada semana. El vecino que me dice hola todas las mañanas y que me echa de menos cuando no paso en mi día libre. El chico que me cobra 1’50$ por mi zumo antes de subir al metro. La vecina que se sienta a vigilar a Max y Jesus que corretean en bici cada atardecer. Poder cruzar la calle sin mirar. Los chavales que se ofrecen a cargar mi colada cuando paso cargada o que me cuentan los minutos que tardo cuando voy a correr. La chica que me avisa cuando hay 2×1 de Hägen Dazs en el supermercado.
Me gustan la paz y la tranquilidad, la atmosfera de pueblo que adquiere el barrio. La gente sin prisas que habla de lado a lado de la calle. Los vecinos que traen las cartas a casa porque el cartero se equivocó y las dejó en su buzón. Las fiestas en las calles el fin de semana. El casero que cuando viene a vernos trae zumo de cranberry porque yo dije que no lo había probado nunca. La ausencia de taxis porque todos prefieren andar puesto que para ellos el dinero tiene un valor muy distinto al valor que tiene en Manhattan.

Cada situación contribuye a que me sienta bien, a que pasee con una sonrisa y que se me olvide que para disfrutar de esto, también tengo que sobrevivir a mis 5 días en Manhattan. No es que el hermano famoso de mi nuevo amor sea muy malo, es solo que no está hecho para mí. Ese frío que no sucumbe ni ante los 35º de estos días, me impide sentirme en casa cuando cruzo el East River.

Me gusta que Brooklyn sea como yo. Con altos y bajos, pero con una mentalidad en la que la vida le gana al trabajo. Me gusta el carácter rebelde de sus habitantes, porque ellos no quieren ser como “esa gente que vive in the city”. Yo tampoco. Yo prefiero ser de Brooklyn. Yo soy de Bed-Stuy y me gusta.

 

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