Brooklyn

Mis mundos

Estos últimos días pienso muchas veces en como cambian las cosas y en como cambia nuestra manera de percibirlas cuando nos alejamos de ellas. Como es distinta la realidad al recuerdo y como son distintos los sentimientos desde dentro y desde fuera. No es decir nada nuevo si afirmo que cuando todo esto sea parte de mi pasado, pensaré que fueron los mejores años de mi vida, guardaré solo lo bueno y ahogaré hasta aniquilar cualquier resquicio de lo malo.

Igual que he hecho siempre con mis otros hogares.

 

De Alexandria echo de menos el coche, ser la taxista de los niños, tener la libertad de poder subir a ese gigante de metal grisáceo que me prestaban Corny y Patty para ir a perderme a cualquier lugar o a encontrarme en la cancha de NOVA. Echo de menos grabar a Sophia y a Q en sus actuaciones de estrellas baratas y cocinarles sin usar más que el microondas. Echo de menos tener una persona que estaba a mi lado aunque estuviera a más de 6000 km de distancia y poder abrir el ordenador en cualquier momento para contarle mis temores sabiendo que los acallaría con una frase. Echo de menos los centros comerciales por los que paseaba aún sabiendo que no iba a comprarme nada y las tiendas de cosas fascinantes que no teníamos en España. Echo de menos las calles tranquilas del suburbio rico en el que vivía y por las que paseaba a Snickers cada mañana mientras leía todos los mensajes nuevos del foro de NBAdictos.

Y lo que no echo de menos, se me ha olvidado.

 

De Brooklyn echo de menos las puestas de sol en las que no veía ponerse el sol pero a cambio sí que veía como cambiaba el color de las paredes del barrio. Se volvían doradas e incluso el ambiente se teñía de ese color que me hacía sentir que todos los sueños se pueden hacer realidad. Echo de menos caminar 8 bloques hasta el Dunkin Donuts para comprarme un café enorme y hacer lo que hacen los americanos – beber sorbito a sorbito mientras camino de vuelta a casa o hacia algún otro lugar. Y pienso ahora ¿cómo me mirarían en España si hiciera la compra con un café para llevar en la mano? Echo de menos ir lejos, muy lejos, porque a veces el placer no es solo estar en un sitio sino tener que llegar. Música en los cascos, manos en los bolsillos, caminando un rato, en metro otro rato más y mientras, perderme en mi mente que se me da muy bien pero solo cuando me muevo. Si me siento en mi habitación o en un banco no funciona, necesito moverme aunque sea sentada en un vagón de tren. Echo de menos mi calle, mis vecinos, mis amigos, sentarme con ellos en el portal y compartir unas cervezas y unas risas. Echo de menos la inmensidad y los puentes, el frío cerca del río. Echo de menos saber que toda la modernidad y la tecnología están al alcance de la mano, y las Apple Store… las echo de menos también.

Y lo que no echo de menos, se me ha olvidado.

 

Y si bien estoy tentada de decir que no echo de menos nada de Barcelona, sería una mentira. Hay algo que echo mucho de menos, quizás más que cualquier otra cosa mencionada hasta ahora. Echo de menos vivir con mis primos, con Toni y con Monica, con Francesc, Joan y Àngel. Tanto, tanto, que firmaría sin pensarlo estar viviendo con ellos ahora mismo. Quizá también echo de menos las mañanas al sol jugando a baloncesto en compañía.

Y todo lo que no echo de menos, se me ha olvidado.

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Piezas de mi

Hoy hace frío, todo el frío que pueda hacer en una isla tropical a 27º. Quizá más que frío sea solamente la sensación de la brisa en mi piel aún húmeda después de una inmersión. Por suerte, es algo normal en monzón y me he acostumbrado a no abandonar mi admirada chaqueta nike en casa ningún día, así que me la pongo y por enésima vez un extraño se sorprende al verla “qué bonita”, “qué estilo”, “me encanta como te queda”… Cosas que en New York escuchaba mucho en referencia a mis zapas y mi vestimenta deportiva, cosas que aquí la gente desconoce de mi. Lo echo de menos.

La nostalgia de Harlem, de Brooklyn, de zapatillear, de perderme por calles y tiendas donde se respira hip hop en la ropa. La nostalgia de un mundo que (también) se me da bien, un mundo que algunas veces casi olvido. Y me extraño de ello… tantas veces he alardeado de que me representa, de que me identifico, de que lo adoro… y aquí es algo invisible y desconocido. Aquí todos somos iguales con nuestros bikinis de media peseta, nuestras camisetas de cerveza o buceo, nuestra ropa de mala calidad que pasa más de medio día mojada. Aquí no soy la pija redomada que cuida su imagen al milímetro, que combina sus zapas con la ropa interior y la goma del pelo. Aquí… solo tengo un par de zapas y no me las he puesto en tres meses. Las echo de menos.

La nostalgia de mi otro ser, mi otra mitad, la que un día pensé que formaba parte de otra persona, hasta que aprendí que mi mitad “negra” es tan yo como mi mitad “pez”. Hoy tengo ganas de ponerme un chandal, unas Jordan, un collar y salir a callejear por Brooklyn dirección ningún lado mientras voy cantando por lo bajo canciones de John Legend, Lil Wayne o Eminem. Hoy tengo ganas de olvidar que vivo en una preciosa isla tropical para perderme entre coches y desconocidos mientras saboreo un café del Dunkin Donuts más cercano. Hoy echo de menos ser negra, sin haber perdido ni un poquito la pasión por mi vida como pez.

A veces, me pregunto por qué me he hecho esto a mi misma. Por qué he roto mi corazón en pedazos y los he repartido por el mundo – uno enorme con mi familia en casa, otro bien grande en Brooklyn y su(s) color(es), otro más pequeño en una pista de baloncesto en NOVA y un último gigante aquí conmigo en esta isla donde persigo tiburones sin cansarme.

A veces, me gustaría que las distancias no existieran para poder pasar unos 10 días trabajando en Koh Tao, para luego tener un pequeño break e irme a callejear en Brooklyn durante unas horas, y finalizar el día pasando horas con mi familia en Menorca. Sería perfecto.

Categories: Brooklyn, Desvaríos, Koh Tao | 2 Comments

Thank you, Brooklyn

Me siento en deuda con esta ciudad que me lo ha dado todo… No el país, no el estado, sino la ciudad. Brooklyn. Me ha dado bofetadas de perspectiva y me ha enseñado cosas que no habría podido aprender en ningún otro lugar. Me ha demostrado una vez más quien está ahí y quien no lo está. Me ha regalado autenticidad, realidad, vida y reciprocidad. Ha sido mi compañera de camino perfecta. Ha sido lo que necesitaba en mi vida y dudo que pueda pagarle de vuelta alguna vez.

Llegué sin saber muy bien donde me metía, ni si quería hacerlo. Llegué limitada por el dinero y por ideas preconcebidas. Llegué una noche fría, con nieve, batallando con los elementos. Llegué sin saber si este era el sitio al que quería llegar.

Pero lo era, vaya si lo era.

Adecuado, distinto, correcto, en crecimiento. Listo para darme una lección. O tres, o cuatro, o… Perfecto.

Y así fue. Aterrizar sin querer, abrir la mente, desear encajar. Finalmente hacerlo. Absorber enseñanzas, poner el corazón en el día a día. Llegar al punto en que soy la única persona que ha vivido en el bloque que tendrá una fiesta de despedida.

Sí, me parte el alma en pedacitos. Pero lo hago porque quiero… He observado, he luchado, me he llenado de todo lo que me da, he aprendido, he querido, he sobrevivido. He vivido. Y, sin embargo, ha llegado el momento de irme… Ha llegado el momento de no mirar atrás, de hacer como que no me importa lo de no volver a ver a toda esta gente. Ha llegado el momento de ser egoísta y pensar en mi, porque si no lo hiciera, no sé si me marcharía.
Ha llegado el momento de asumir que se cierra una etapa increíble que recordaré toda mi vida con una sonrisa inmensa… Esto ha sido el paraíso, ese lugar donde encajas y te sientes parte de un todo. Espero ser siempre consciente de ello y no olvidar todo lo que Brooklyn me ha enseñado.

Hoy, no me queda mucho por decir a parte de…

Gracias

A los que seguís ahí, a los que siempre lo haréis.
A los que estuvieron, pero se marcharon para dejar en su lugar un millón de recuerdos preciosos.
A los que saben que la lealtad es mi favorita y que sin ella es difícil tocarme el corazón.
A las visitas que han roto la rutina – Curro, Damià, Maties, Nito, Marc, Mateu, Martina, Sergio, Francina, Joan. Y de forma más especial, a José Ajero por un fin de semana NBA increíble y a David por la compañía veraniega constante.
A mi familia que me apoya aún cuando no me entiende del todo.
A la gente que es nueva en mi vida y aporta sensaciones distintas.
A cada persona que me inspira de un modo u otro.
A la música… por salvarme. Por volver a ser solo mía.
A Andrea por recordarme en momentos importantes y contactar conmigo de alguna manera.
A Alex por ser la presencia constante, la cordura a la que agarrarme.
A mi isla porque siempre es mi referencia y nunca dejará de serlo.
Al baloncesto. Por serlo todo. Por darmelo todo.
A Brooklyn. Por las escaleras de incendios. Por la luz dorada. Por la feria en la playa y los parques en cada esquina. Por el oxígeno. Por acogerme y hacerme sentir en casa. Por todo lo que he dicho y todo lo que me queda por decir. Por la perfección en la imperfección.

Y a mi… por dar el paso. Por no encerrarme, por convencerme de caminar sin pausa, por tener siempre presente que “todo pasa”. Por sentir que la gente tiene razón cuando dicen “Nay? She is the strongest girl I know”. Por no rendirme nunca.

Pero hoy, sobretodo, a Jacob y a Frankie por hacer que este sitio haya sido mi casa. Por ser sonrisas, lágrimas, abrazos, juegos, noches, días, anécdotas, estrellas, verdades, autenticidad, héroes. Por ser realidad fuera de la realidad que yo conocía. Por ser mi familia aquí. Por quererme sin condiciones. Os echaré mucho de menos…

A big chunk of my heart is always gonna be a Brooklynite and I’m proud of it.

Estoy lista para encontrarme con el siguiente desafío. Hola 17 de enero. Hola Fiji.

Categories: Bed-Stuy, Brooklyn, New York | 1 Comment

Frío y calor

Ha llegado el invierno y con él el frío infernal que arrasa la ciudad con sus 0º. Ya no nos encontramos con los vecinos en la calle para pasar el rato, ni me espera por las mañanas el señor que durante meses me ha dicho “good mornin’, sunshine!” Salir a correr al parque se acerca al suicidio e ir a Coney Island debe ser muy parecido a querer correr una maratón en Groenlandia. Las calles están vacías, los niños de al lado hibernan e incluso el “scary corner” está más tranquilo de lo normal. Parece un barrio fantasma.
Y esto en Brooklyn. En Manhattan es peor… los trenes están a reventar porque ya nadie camina o pedalea al trabajo, por la calle todo el mundo tiene el doble de prisa de lo normal para evitar que se les hielen las orejas, y los corazones de la gente parecen haberse congelado también… Andamos todos tan escondidos entre bufandas, gorros y abrigos que parece que llevemos armadura.
Esto es lo que no me gustaba de aquí, ahora me acuerdo bien. A parte de la novedad de vivir en un sitio que ya es frío por sistema, también fue el frío físico lo que me atacó al principio. La poca vida al aire libre, la imposibilidad de pasear, ir de excursión, descubrir rincones. La sensación de tener que estar atrapada entre paredes para no morir en el intento de hacer algo en el exterior.
Aunque, por suerte, este invierno difiere en algo del anterior. Por suerte, esta vez estoy en casa, en Bed-Stuy y aquí tengo a mi familia Brooklyner, a mis chicos, y eso hace una gran diferencia. Tanta que me da pena tener que irme.
Ahora que se acerca el momento, no se les olvida ni un solo día lo de recordarme que me van a odiar cuando me haya ido. Cada uno a su manera, dibujan una sonrisa en mi cara porque me han abierto la puerta del barrio y de sus vidas… el que toca a la puerta cuando no debe, el que me entiende y se pone de mi lado, el que se alegra de que me preocupe por él, el que mataría por mi. Escucho “well, we don’t want you to go, cus you know, it’s nice seeing your face from time to time” y todo el mundo estalla en carcajadas, porque hay situaciones en que una frase de un hombre de corazón de hielo vale más que un te quiero.
Como me dijeron el otro día “after one year of belonging here, you’ll never be able to get Brooklyn out of your heart”. Cierto. Aquí he crecido, he aprendido, he visto cosas que no pensé que ocurrieran, he ganado perspectiva, me han querido, me han odiado, me he sobrepuesto a todo, me he hecho fuerte, me he preocupado por los demás, he llorado… pero sobre todas las cosas, he sonreído y he sido feliz. Ahora soy de aquí también, pertenezco, es parte de en lo que me he convertido, encajo. Y una parte de mi siempre será de Brooklyn. 
Además…, “bueno, ya sabéis, a mi tampoco me gusta del todo la idea de irme, porque es bonito veros las caras de vez en cuando”

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La esencia de Brooklyn hecha persona

Frankie vive en un sótano sin electricidad y sin otra compañía que dos chinchillas y una botella de vodka a la que abrazar todas las noches. Me saca 15 años y ha visto cosas que me cuesta imaginar y me fascina escuchar. Aunque por otro lado, no sabe nada del mundo más allá de los límites del barrio. Él es el barrio, él es esa cita que dice “You can take the man out of Brooklyn, but you can’t take Brooklyn out of the man”.
No le gusta la gente, dice, porque te decepciona, te hace daño, te abandona. Y a pesar de ello, es una de las mejores personas que conozco. Se preocupa por todo el mundo y consigue, sin saber muy bien cómo, caer bien a todos – “everybody loves Frankie” nos gusta repetir sabiendo que es totalmente cierto.

Me cuesta hablar de él porque es imposible hacer justicia a cómo es basándome en los hechos prácticos, pero no quiero dejar la oportunidad de hacerlo ahora que estoy aquí. Quizá cuando me vaya se me olviden gradualmente esos ojos grises que sonríen pese al dolor…

Hace 20 años Frankie trabajaba en una compañía de construcción, se había prometido con la mujer de su vida y había comprado un brownstone en Dekalb Avenue en el corazón de Bed-Stuy. Hace 20 años su prometida murió atropellada por un conductor que se dio a la fuga y poco tiempo después él fue diagnosticado cáncer de pulmón pese a no haber fumado en su vida. Al tiempo se supo que la compañía en la que trabajaba utilizaba Asbestos y que eso fue la causa de su enfermedad.
Nunca quiso mudarse al brownstone de Dekalb porque no soportaba la idea de vivir solo en una casa que tenía que haber sido para dos y, al final, lo vendió para poder pagarse el tratamiento para curar su cáncer y los abogados del caso contra la empresa que le había hecho enfermar.

Su vida había empezado a cambiar, pero aún quedaba lo peor.

Por aquella época, su madre estaba saliendo con un hombre que la maltrataba. Él estaba cansado de ver como la única persona a la que dice querer tenía la cara llena de moratones y heridas y no hacía nada para remediarlo. Un día Frankie lo vio. Vio a ese hombre ponerle la mano encima a su madre y perdió los papeles. Le pegó tal paliza que nunca volvió a levantarse del suelo. Fue juzgado por asesinato y pasó tres años en la cárcel.
De esa parte de la historia no he sacado mucho en claro y no he querido preguntar más porque he visto como los ojos le cambian de color. Es hablar de esos años, de lo que ocurría ahí dentro y que su mirada se vuelva opaca, sin brillo. Es hablar de todo aquello y que saque el lobo que lleva dentro.
Los contactos que hizo ahí, lo que aprendió, la falta de trabajo al salir y la imposibilidad de encontrarlo por ser ex-convicto, las facturas que le quedaban por pagar… Todo se juntó e hizo que la linea que separa lo legal de lo ilegal sea una mancha borrosa en la vida de Frankie.

Ahora es el manitas del bloque, el que lo arregla todo, el que se encarga del mantenimiento, al que todos acudimos sin importar lo que sea que necesitamos. Pero también es el que vende hierba a pequeña escala, mueve drogas sin prescripción médica como la vicodina y vende aparatos robados. Sobrevive. Ghetto life.

Se ha curado del cáncer de pulmón y cuando salió de la cárcel pasó 8 años sobrio, pero sucumbió al alcohol de nuevo. Según él, es la única manera que tiene de poder dormir y de olvidar el dolor que aún siente cuando recuerda a su prometida. La mayoría de las botellas de vodka no llegan a su casa, las compra y se las bebe antes de haber vuelto. Mínimo una al día, a veces dos. Supongo que esa es la causa de su segundo cáncer, esta vez en el hígado, con el que convive desde hace 7 años. Crónico e incurable. Lleva 7 años con tal demonio y sin tratamiento alguno, solo se revisa de vez en cuando y le dicen que está estable.
Una noche me prometió tratar de no beber. No he visto algo tan terrible en mi vida. Temblores, frío a 35º, sudores repentinos, lágrimas. Y mucha, muchísima impotencia. Querer ayudar, querer hacer algo y saber que no puedes. Vi al hombre de la sonrisa eterna, quitarse la coraza y dejar de sonreír. Entonces entendí por qué sus noches son tan largas y pude rozar su dolor con la punta de mis dedos.

Pero siempre llega la mañana, y en cada una de ellas, sobrio o borracho (normalmente más cerca de lo segundo) Frankie tiene que ir a su programa para el control de la ira (anger management) al que lleva años asistiendo como parte de su condena por asesinato. Allí se junta con otros 40 hombres con problemas parecidos a los suyos y es raro el día que termina las 9 horas de clase sin que le hayan echado o le hayan esposado. Algunos días, la policía le escolta hasta casa y veo, con curiosidad, como se despiden de él con una sonrisa. A los polis también les gusta Frankie.

Con todo esto y algunas cosas más que dejo en el tintero… no puedo hacer menos que preguntarme qué habría ocurrido si su chica no hubiera sido atropellada, si él no hubiera enfermado por culpa de su trabajo, si su madre hubiera cortado con el hombre que la pegaba… Y con la respuesta que me doy, sé que las circunstancias han hecho de la vida de Frankie lo que es, pero no han cambiado su esencia. Él sigue siendo una persona con unas cualidades fascinantes: su facilidad para hacer reír a los demás, un corazón enorme que se preocupa por todos, la generosidad con la que regala su tiempo a los niños del bloque cuando le piden que salga a jugar con ellos, la necesidad extrema de hacer cosas bien para saldar su “deuda”, la sinceridad con la que contesta a cualquier pregunta, el niño que tiene dentro a pesar de todo lo ocurrido. Y esos ojos grises. Esos ojos que no deberían haber tenido que ver lo que han visto. Esos ojos que, pese a todo, sonríen la mayor parte del tiempo y me recuerdan cada vez que los miro que yo no tengo ni un solo problema.

He tenido suerte de haberle conocido. Su situación, sus historias, sus elecciones le dan otra perspectiva a mi vida. Y he tenido suerte también, porque si bien todos queremos a Frankie, él no deja entrar a todos en su vida. Somos unos pocos los que tenemos acceso a su realidad, “only those who truly care” dijo el otro día. Y me alegra que me cuente entre ellos.

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Serendipity

Look for something, find something else, and realize that what you’ve found is more suited to your needs than what you thought you were looking for.
Manhattan skyline under the Manhattan Bridge
A veces buscas algo y, sin querer, te encuentras con algo completamente distinto. Algo que no sabías que buscabas, que no sabías ni que existía. 
De cada día tengo más clara la respuesta a la pregunta que todo el mundo me hace: qué es lo que más te gusta de New York?
Brooklyn que como las mejores cosas me ocurrió sin querer, cuando me empeñaba en querer vivir en Manhattan. La suerte, el destino, Dios… Serendipity.
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The Block

“And me, I still believe in paradise. But now at least I know it’s not some place you can look for, ’cause it’s not where you go. It’s how you feel for a moment in your life when you’re a part of something, and if you find that moment… it lasts forever…” The Beach.
“The Block” by Justin Bua
El paraíso puede estar en muchos lugares. 
Ahora mismo está aquí, a mi alrededor. Hart, Marcy & Tompkins, con el huerto, el scary corner, la tienda de pollo frito, el deli 24/7, el playground donde Jay-Z jugaba de adolescente… aunque esos sitios no son suficientes para crear un paraíso personalizado. En cambio, sí que bastan ellos.
Los niños, el perro Brooklyn, Kobe, Clayton, Jermaine, Jacob, Mark, Frankie…
Ellos y las historias, lo que veo, lo que aprendo, lo que me cuentan y lo que no me quieren contar. La inmersión total en otro mundo donde no está muy claro quienes son los buenos y quienes son los malos. Un mundo donde lo más importante es la lealtad, la unión, el respeto. Un mundo en el que (por fin) la frase que tiene más sentido es “Only the Strong Survive”. Y no una vez, ni un rato, ni de vez en cuando… A cada momento.
Y pese a ello, pese al drama, los problemas del día a día, la falta de trabajo, las enfermedades, la imposibilidad de escapar… A pesar de la realidad, hay tiempo todos los días para algo de música, partidas a los bolos, carcajadas con el reggaeton, puestas de sol, amaneceres y, sobretodo, para risas todos juntos sin preocuparse por nada más. Siempre encuentran el momento y la manera de hacerle un hueco a la felicidad. 
No dejará de asombrarme la capacidad que tienen de olvidarse de la crudeza de todo esto y decir “I just wanna have fun with y’all everyday I have left”. Una oda al carpe diem.
Touché.
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Rockaway Beach

Tortilla de patata para desayunar, ensaladilla rusa para comer, cervecita fría, cheese cake, capuccino, olas atlánticas, sol, arena para convertirse en croqueta y buena compañía, de esa de entenderse sin querer. Todo eso “solo” a hora y media de Brooklyn. Un perfecto paréntesis para la vida en la ciudad y la certeza, una vez más, de que el ser humano no está hecho para la soledad.

Life is what you make of it.

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Lo he visto con mis ojos

*La tienda de la esquina, que no vende ni cerveza, vender vodka a las 2 de la mañana a alguien que pidió zumo de naranja.

*El vecino pasar un periódico doblado obteniendo algo a cambio.
*A otro chico que no tiene electricidad porque las 15 plantas “noséqué” (y no lo quiero saber).
*La barbería que se convierte en bar y “crackería” a horas intempestivas.
*Un tío del que solo sé que “I got a 35 right here” y que “you don’t wanna know nothing about him”.
*El amigo del vecino que “I don’t do drugs but I can sell you whatever you want”.
*La vecina embarazada de alguien que no es su marido.
*Un par de chicas de 20 años que están orgullosas porque son las únicas de su grupo que no tienen hijos.
*Un chico decirme que si camino por la calle con él, tengo que hacerlo por la parte de dentro de la acera porque por la de fuera me seguirán diciendo cosas los demás.
*Los policias pararse a preguntar si estoy bien porque hablo con el chico negro del bloque de enfrente en la acera.
*Toda esta gente salir corriendo a la mínima sirena que escuchan.
No me extraña que sea difícil ser sano, coherente, decente y estar “limpio”. Y me extraña aún menos que lo fácil sea meterse en todo esto más y más, y lo más difícil del mundo salir de ello.
Por suerte, yo tengo fecha de salida.
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De cómo procesar la realidad

Al calor, al frío, a la humedad o a la lluvia. A estar solos, a ser dos o a formar parte de un grupo. A la rutina de estar en casa o a la de la distancia. A un trabajo, unos estudios, unos horarios o a la falta de todo ello. A una cultura distinta, a un país que no entendemos, a un idioma nuevo o a lo mismo de siempre. Las personas somos capaces de acostumbrarnos a todo.

Si queremos.

En ocasiones, nos lo ponemos difícil a nosotros mismos por no querer acostumbrarnos a una situación que no habíamos previsto, por no querer aceptar un cambio que no imaginábamos. Con nuestra cabezonería, no conseguimos evitar que las cosas sigan su curso y solo hacemos más difícil lo de avanzar y sonreír por el camino.
Cuesta. A mi particularmente me cuesta mucho. Dejar ir lo que quería, lo que había imaginado, lo que había planeado y aceptar el cambio que se me ha impuesto. Me cuesta transformar cada oportunidad en una ventana abierta de cosas positivas. Me cuesta mantener en mi cabeza el pensamiento de que todo sucede por alguna razón… Pero cuando lo hago, las cosas funcionan mejor y todo toma un sentido nuevo. “No es lo que quería, pero es lo que tengo. Vamos a hacer algo bueno con ello.” Quiero pensar que cada vez se me da mejor lo de “Go with the flow”.

A veces, supone dejar que alguien se marche sin esperar que vuelva nunca más y aprender a sonreír por lo bueno que deja en nuestro pasado. Otras veces, es disfrutar del paisaje de nuestra rutina aunque deseemos estar en otro lugar. En más de una ocasión, un cambio nos hará tambalear hasta que le podamos ver algo bueno. Pero nos acostumbramos.

Me he acostumbrado a vivir en una ciudad que me impone dos horas de metro al día y una frialdad interrelacional extrema. Y no solo me he acostumbrado, sino que sonrío todos los días porque lo que no me gusta no pesa suficiente para desbancar a lo que me gusta. Por una vez en la vida he ido más allá de las quejas y he tratado de encontrar el encanto a la no-perfección. Con ello me he enamorado.

De una forma más racional que la pasión por mis islas (la del mediterráneo y la del golfo de Tailandia), de una manera más suave y progresiva. Me he enamorado de Brooklyn de una forma un tanto egoísta, diría yo. Me hace sentir bien y me hace feliz con sus detalles, con sus regalos del día a día, con dejarme respirar tan pronto como salgo del metro volviendo del trabajo. Pero cuando sea hora de irme, lo haré sin mirar atrás. Quizá sea solo un amor de conveniencia.

Me gustan mi calle y mi bloque, el deli de la esquina. Las paredes cuando se pone el sol y se tiñen de un tono dorado que no había visto en ningún otro lugar. Escuchar el sonido de un balón en la calle todos los días y ver desfiles de zapas diferentes cada semana. El vecino que me dice hola todas las mañanas y que me echa de menos cuando no paso en mi día libre. El chico que me cobra 1’50$ por mi zumo antes de subir al metro. La vecina que se sienta a vigilar a Max y Jesus que corretean en bici cada atardecer. Poder cruzar la calle sin mirar. Los chavales que se ofrecen a cargar mi colada cuando paso cargada o que me cuentan los minutos que tardo cuando voy a correr. La chica que me avisa cuando hay 2×1 de Hägen Dazs en el supermercado.
Me gustan la paz y la tranquilidad, la atmosfera de pueblo que adquiere el barrio. La gente sin prisas que habla de lado a lado de la calle. Los vecinos que traen las cartas a casa porque el cartero se equivocó y las dejó en su buzón. Las fiestas en las calles el fin de semana. El casero que cuando viene a vernos trae zumo de cranberry porque yo dije que no lo había probado nunca. La ausencia de taxis porque todos prefieren andar puesto que para ellos el dinero tiene un valor muy distinto al valor que tiene en Manhattan.

Cada situación contribuye a que me sienta bien, a que pasee con una sonrisa y que se me olvide que para disfrutar de esto, también tengo que sobrevivir a mis 5 días en Manhattan. No es que el hermano famoso de mi nuevo amor sea muy malo, es solo que no está hecho para mí. Ese frío que no sucumbe ni ante los 35º de estos días, me impide sentirme en casa cuando cruzo el East River.

Me gusta que Brooklyn sea como yo. Con altos y bajos, pero con una mentalidad en la que la vida le gana al trabajo. Me gusta el carácter rebelde de sus habitantes, porque ellos no quieren ser como “esa gente que vive in the city”. Yo tampoco. Yo prefiero ser de Brooklyn. Yo soy de Bed-Stuy y me gusta.

 

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