Aeropuertos

Aeropuertos

Sólo me quedan 9 días más en Menorca antes de volver a embarcarme en una nueva aventura, un nuevo invierno con sabor a verano que volverá a tener como escenario ese otro país que tanto me fascina: Tailandia. Concretamente, mi otra islita, mi otro rincón, mi otro paraíso, mi mucha felicidad… Koh Tao. Por tercera vez.

Así, estos días me pierdo entre las nubes de mi mente pensando en estar ya allí, pero también en llegar. Como todos sabemos, una parte grande de viajar consiste exactamente en eso: viajar. No en estar en mil sitios, sino en movernos de uno a otro. Y con las experiencias ganadas a lo largo de años, tengo muy claro lo que eso significa… trenes, taxis, tuk-tuks, autobuses, aviones, barcos, motos… y tiempo y paciencia. Sobretodo tratándose del sudeste asiático. Dinero no, pero paciencia toda.

Con todo esto, he recordado un texto que escribí sentada en una larga espera de aeropuerto y he querido recuperarlo porque así es casi como si mi camino ya hubiera empezado. Aquí lo dejo:

 

17.enero.2012

Aeropuerto de Los Angeles, USA 

Los aeropuertos, fascinantes, extraños, distintos. Son como un ecosistema diferente, un lugar donde las cosas ocurren con otro tempo, con otras medidas. Se disparan los precios porque todos saben que a los viajeros no nos queda más opción que la de pagar lo que nos piden. Y no será porque vendan algo que no podamos encontrar en otro lugar. En serio ¿existe algún aeropuerto en todo el mundo que carezca de Toblerone?

Por otro lado, todo está listo para gente con tiempo en escalas eternas y, a la vez, para pasajeros con prisas que solo pueden pararse a por un café para llevar. Un mundo, distintas velocidades.

A punto de dejar New York vía JFK en dirección a LAX en Los Angeles

Y luego está la extrañeza. Estoy sentada sola en una mesita de un bar / restaurante / sandwichería / cafetería y observo a la gente. Lo que más me choca es el silencio que predomina la sala (sólo después de que se haya ido una clase entera de adolescentes). Hay otro señor que está solo, de espaldas a la tele con un bocadillo y una cerveza. Hay también una chica resolviendo crucigramas y tres parejas. Tres parejas silenciosas. Comen en tres mesas. Dos cara a cara, unos costado con costado. Pero no importa porque ninguno habla. Me parece extremadamente curioso pero me he decidido a no juzgar. Quizá esté bien que haya silencio.

 

A parte de todo esto, justo llegar a LAX he escrito una frase sobre estos lugares tan especiales: “lugares de lágrimas de diferentes sabores”.

Reencuentros, despedidas, gente que abandona su hogar, otros que persiguen sueños. Y lloran… de alegría, de tristeza, de ilusión, de dolor, de esperanza, de desamparo.

Sonrío mientras recuerdo muchas situaciones vividas en aeropuertos… con mis padres, mis primas, mi perra, con mi equipo, mi entrenador, con compañeros de clase, con Marc. Todas distintas. Huyendo, buscando, obligada, por voluntad propia, acompañada, sola.

No me apetece entrar en detalles porque en realidad podría escribir un libro sólo con anécdotas, pero hoy no estoy aquí para recordar, sino para caminar. Esta vez avanzo, busco y los ojos me brillan con ganas e ilusión. Sí que me siento algo sola, sí que envidio a los que tienen con quien sentarse y pasar el tiempo, sí que echo un poco de menos. Pero estoy aquí porque quiero, porque persigo un sueño muy grande, porque esta vez he decidido que esto sea sólo sobre mí. Egoístamente.

Me doy cuenta de que voy por el buen camino por dos motivos básicos y muy simples. Uno: yo me voy feliz mientras que la gente que dejo atrás se ha quedado llorando. Esto para mí significa que la Neus de verdad ha vuelto. Dos: en la cola para embarcar he escuchado a alguien decir la palabra “diving”. Y no era yo. Por primera vez en dos años no he sido yo la que ja traído el mar a la conversación. Se me ha puesto la piel de gallina. Y eso que aún no me he marchado del país, aunque estoy a punto… 10 horas y media de sobrevolar el Pacífico y ya estará. Ya estaré. Sol, mar y playa.

 

Can’t wait.

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