La esencia de Brooklyn hecha persona

Frankie vive en un sótano sin electricidad y sin otra compañía que dos chinchillas y una botella de vodka a la que abrazar todas las noches. Me saca 15 años y ha visto cosas que me cuesta imaginar y me fascina escuchar. Aunque por otro lado, no sabe nada del mundo más allá de los límites del barrio. Él es el barrio, él es esa cita que dice “You can take the man out of Brooklyn, but you can’t take Brooklyn out of the man”.
No le gusta la gente, dice, porque te decepciona, te hace daño, te abandona. Y a pesar de ello, es una de las mejores personas que conozco. Se preocupa por todo el mundo y consigue, sin saber muy bien cómo, caer bien a todos – “everybody loves Frankie” nos gusta repetir sabiendo que es totalmente cierto.

Me cuesta hablar de él porque es imposible hacer justicia a cómo es basándome en los hechos prácticos, pero no quiero dejar la oportunidad de hacerlo ahora que estoy aquí. Quizá cuando me vaya se me olviden gradualmente esos ojos grises que sonríen pese al dolor…

Hace 20 años Frankie trabajaba en una compañía de construcción, se había prometido con la mujer de su vida y había comprado un brownstone en Dekalb Avenue en el corazón de Bed-Stuy. Hace 20 años su prometida murió atropellada por un conductor que se dio a la fuga y poco tiempo después él fue diagnosticado cáncer de pulmón pese a no haber fumado en su vida. Al tiempo se supo que la compañía en la que trabajaba utilizaba Asbestos y que eso fue la causa de su enfermedad.
Nunca quiso mudarse al brownstone de Dekalb porque no soportaba la idea de vivir solo en una casa que tenía que haber sido para dos y, al final, lo vendió para poder pagarse el tratamiento para curar su cáncer y los abogados del caso contra la empresa que le había hecho enfermar.

Su vida había empezado a cambiar, pero aún quedaba lo peor.

Por aquella época, su madre estaba saliendo con un hombre que la maltrataba. Él estaba cansado de ver como la única persona a la que dice querer tenía la cara llena de moratones y heridas y no hacía nada para remediarlo. Un día Frankie lo vio. Vio a ese hombre ponerle la mano encima a su madre y perdió los papeles. Le pegó tal paliza que nunca volvió a levantarse del suelo. Fue juzgado por asesinato y pasó tres años en la cárcel.
De esa parte de la historia no he sacado mucho en claro y no he querido preguntar más porque he visto como los ojos le cambian de color. Es hablar de esos años, de lo que ocurría ahí dentro y que su mirada se vuelva opaca, sin brillo. Es hablar de todo aquello y que saque el lobo que lleva dentro.
Los contactos que hizo ahí, lo que aprendió, la falta de trabajo al salir y la imposibilidad de encontrarlo por ser ex-convicto, las facturas que le quedaban por pagar… Todo se juntó e hizo que la linea que separa lo legal de lo ilegal sea una mancha borrosa en la vida de Frankie.

Ahora es el manitas del bloque, el que lo arregla todo, el que se encarga del mantenimiento, al que todos acudimos sin importar lo que sea que necesitamos. Pero también es el que vende hierba a pequeña escala, mueve drogas sin prescripción médica como la vicodina y vende aparatos robados. Sobrevive. Ghetto life.

Se ha curado del cáncer de pulmón y cuando salió de la cárcel pasó 8 años sobrio, pero sucumbió al alcohol de nuevo. Según él, es la única manera que tiene de poder dormir y de olvidar el dolor que aún siente cuando recuerda a su prometida. La mayoría de las botellas de vodka no llegan a su casa, las compra y se las bebe antes de haber vuelto. Mínimo una al día, a veces dos. Supongo que esa es la causa de su segundo cáncer, esta vez en el hígado, con el que convive desde hace 7 años. Crónico e incurable. Lleva 7 años con tal demonio y sin tratamiento alguno, solo se revisa de vez en cuando y le dicen que está estable.
Una noche me prometió tratar de no beber. No he visto algo tan terrible en mi vida. Temblores, frío a 35º, sudores repentinos, lágrimas. Y mucha, muchísima impotencia. Querer ayudar, querer hacer algo y saber que no puedes. Vi al hombre de la sonrisa eterna, quitarse la coraza y dejar de sonreír. Entonces entendí por qué sus noches son tan largas y pude rozar su dolor con la punta de mis dedos.

Pero siempre llega la mañana, y en cada una de ellas, sobrio o borracho (normalmente más cerca de lo segundo) Frankie tiene que ir a su programa para el control de la ira (anger management) al que lleva años asistiendo como parte de su condena por asesinato. Allí se junta con otros 40 hombres con problemas parecidos a los suyos y es raro el día que termina las 9 horas de clase sin que le hayan echado o le hayan esposado. Algunos días, la policía le escolta hasta casa y veo, con curiosidad, como se despiden de él con una sonrisa. A los polis también les gusta Frankie.

Con todo esto y algunas cosas más que dejo en el tintero… no puedo hacer menos que preguntarme qué habría ocurrido si su chica no hubiera sido atropellada, si él no hubiera enfermado por culpa de su trabajo, si su madre hubiera cortado con el hombre que la pegaba… Y con la respuesta que me doy, sé que las circunstancias han hecho de la vida de Frankie lo que es, pero no han cambiado su esencia. Él sigue siendo una persona con unas cualidades fascinantes: su facilidad para hacer reír a los demás, un corazón enorme que se preocupa por todos, la generosidad con la que regala su tiempo a los niños del bloque cuando le piden que salga a jugar con ellos, la necesidad extrema de hacer cosas bien para saldar su “deuda”, la sinceridad con la que contesta a cualquier pregunta, el niño que tiene dentro a pesar de todo lo ocurrido. Y esos ojos grises. Esos ojos que no deberían haber tenido que ver lo que han visto. Esos ojos que, pese a todo, sonríen la mayor parte del tiempo y me recuerdan cada vez que los miro que yo no tengo ni un solo problema.

He tenido suerte de haberle conocido. Su situación, sus historias, sus elecciones le dan otra perspectiva a mi vida. Y he tenido suerte también, porque si bien todos queremos a Frankie, él no deja entrar a todos en su vida. Somos unos pocos los que tenemos acceso a su realidad, “only those who truly care” dijo el otro día. Y me alegra que me cuente entre ellos.

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Categories: Bed-Stuy, Brooklyn, New York | Leave a comment

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