Monthly Archives: December 2011

Destino?

No me gusta desear suerte, ni que me la deseen. A los que trabajan duro no se les desea suerte: sólo éxitos. La suerte es para los indecisos, el éxito para los arriesgados.

I am the master of my fate,
I am the captain of my soul.
*William Ernest Henley*


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Pasado, presente y futuro

Estos días tengo Tailandia muy cerca. Me llega de una mano amiga en forma de breves anécdotas que me dejan con ganas de más y de imágenes de lugares tan familiares que me parece imposible que esas no sean mis fotos.
Por culpa de ello, he repasado y vuelto a repasar los álbumes de esos dos meses que pasé en la tierra de la felicidad simple. No las fotos que publiqué, sino todas. Las buenas y el resto. Las borrosas, las que están cortadas, las que no tienen interés para nadie más que para mi, las repetidas 500 veces. Las miro por orden y me cuento la historia a mi misma como si no la supiera, y cuando un detalle casi olvidado me sorprende me pongo a reír. Sí, parezco uno de esos newyorkers locos que se pasean felizmente cantando por la calle… pero a mi me gusta contarme historias que casi nadie más entendería.
Además hoy, “gracias” a una extraña actualización de facebook, he podido filtrar los estados y textos que acerté escribiendo en esa época en la que habitaba esos 21 km cuadrados de tierra. La verdad es que son más bien pocos y simples. Cosas como “I’m a happy diver!” con una respuesta que lee “And I’m a diver with a cold and a bad foot. But really happy too!”.

Y no he sonreído, no. Me he reído a carcajadas. Han vuelto esos momentos con tal claridad que no he podido hacer de menos. La moto, la bajada, la subida, Aow Leuk, el tornado, las pinzas de Dan, los gomitos en la playa, el betadine, los peces que comen piel muerta. El buceo… Como el del video de Bill que también me ha dejado con una gran sonrisa en la cara. El barco rosa, las caras conocidas, las rutinas que aprendí, los reguladores, los tanques, los BCD’s, esas aguas y peces que ya me eran familiares. Phoenix Divers. Koh Tao.

Me encanta porque igual que la isla es una isla-burbuja, los recuerdos también lo son. Nada malo se cuela en ellos. Todo bueno. Y las ganas de volver a pisar esos caminos y zambullirme en ese mar. Las ganas de dejar los -2º atrás y volver a los 30º.

Y si no os lo explico todo es porque hay partes del cuento que son como las fotos descartadas: solo nos importan a los que vivimos todo aquello 🙂

La cuenta atrás ya es algo muy real… 4 semanas 
-aunque antes de Tailandia toca Fiji!-
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Frío y calor

Ha llegado el invierno y con él el frío infernal que arrasa la ciudad con sus 0º. Ya no nos encontramos con los vecinos en la calle para pasar el rato, ni me espera por las mañanas el señor que durante meses me ha dicho “good mornin’, sunshine!” Salir a correr al parque se acerca al suicidio e ir a Coney Island debe ser muy parecido a querer correr una maratón en Groenlandia. Las calles están vacías, los niños de al lado hibernan e incluso el “scary corner” está más tranquilo de lo normal. Parece un barrio fantasma.
Y esto en Brooklyn. En Manhattan es peor… los trenes están a reventar porque ya nadie camina o pedalea al trabajo, por la calle todo el mundo tiene el doble de prisa de lo normal para evitar que se les hielen las orejas, y los corazones de la gente parecen haberse congelado también… Andamos todos tan escondidos entre bufandas, gorros y abrigos que parece que llevemos armadura.
Esto es lo que no me gustaba de aquí, ahora me acuerdo bien. A parte de la novedad de vivir en un sitio que ya es frío por sistema, también fue el frío físico lo que me atacó al principio. La poca vida al aire libre, la imposibilidad de pasear, ir de excursión, descubrir rincones. La sensación de tener que estar atrapada entre paredes para no morir en el intento de hacer algo en el exterior.
Aunque, por suerte, este invierno difiere en algo del anterior. Por suerte, esta vez estoy en casa, en Bed-Stuy y aquí tengo a mi familia Brooklyner, a mis chicos, y eso hace una gran diferencia. Tanta que me da pena tener que irme.
Ahora que se acerca el momento, no se les olvida ni un solo día lo de recordarme que me van a odiar cuando me haya ido. Cada uno a su manera, dibujan una sonrisa en mi cara porque me han abierto la puerta del barrio y de sus vidas… el que toca a la puerta cuando no debe, el que me entiende y se pone de mi lado, el que se alegra de que me preocupe por él, el que mataría por mi. Escucho “well, we don’t want you to go, cus you know, it’s nice seeing your face from time to time” y todo el mundo estalla en carcajadas, porque hay situaciones en que una frase de un hombre de corazón de hielo vale más que un te quiero.
Como me dijeron el otro día “after one year of belonging here, you’ll never be able to get Brooklyn out of your heart”. Cierto. Aquí he crecido, he aprendido, he visto cosas que no pensé que ocurrieran, he ganado perspectiva, me han querido, me han odiado, me he sobrepuesto a todo, me he hecho fuerte, me he preocupado por los demás, he llorado… pero sobre todas las cosas, he sonreído y he sido feliz. Ahora soy de aquí también, pertenezco, es parte de en lo que me he convertido, encajo. Y una parte de mi siempre será de Brooklyn. 
Además…, “bueno, ya sabéis, a mi tampoco me gusta del todo la idea de irme, porque es bonito veros las caras de vez en cuando”

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La esencia de Brooklyn hecha persona

Frankie vive en un sótano sin electricidad y sin otra compañía que dos chinchillas y una botella de vodka a la que abrazar todas las noches. Me saca 15 años y ha visto cosas que me cuesta imaginar y me fascina escuchar. Aunque por otro lado, no sabe nada del mundo más allá de los límites del barrio. Él es el barrio, él es esa cita que dice “You can take the man out of Brooklyn, but you can’t take Brooklyn out of the man”.
No le gusta la gente, dice, porque te decepciona, te hace daño, te abandona. Y a pesar de ello, es una de las mejores personas que conozco. Se preocupa por todo el mundo y consigue, sin saber muy bien cómo, caer bien a todos – “everybody loves Frankie” nos gusta repetir sabiendo que es totalmente cierto.

Me cuesta hablar de él porque es imposible hacer justicia a cómo es basándome en los hechos prácticos, pero no quiero dejar la oportunidad de hacerlo ahora que estoy aquí. Quizá cuando me vaya se me olviden gradualmente esos ojos grises que sonríen pese al dolor…

Hace 20 años Frankie trabajaba en una compañía de construcción, se había prometido con la mujer de su vida y había comprado un brownstone en Dekalb Avenue en el corazón de Bed-Stuy. Hace 20 años su prometida murió atropellada por un conductor que se dio a la fuga y poco tiempo después él fue diagnosticado cáncer de pulmón pese a no haber fumado en su vida. Al tiempo se supo que la compañía en la que trabajaba utilizaba Asbestos y que eso fue la causa de su enfermedad.
Nunca quiso mudarse al brownstone de Dekalb porque no soportaba la idea de vivir solo en una casa que tenía que haber sido para dos y, al final, lo vendió para poder pagarse el tratamiento para curar su cáncer y los abogados del caso contra la empresa que le había hecho enfermar.

Su vida había empezado a cambiar, pero aún quedaba lo peor.

Por aquella época, su madre estaba saliendo con un hombre que la maltrataba. Él estaba cansado de ver como la única persona a la que dice querer tenía la cara llena de moratones y heridas y no hacía nada para remediarlo. Un día Frankie lo vio. Vio a ese hombre ponerle la mano encima a su madre y perdió los papeles. Le pegó tal paliza que nunca volvió a levantarse del suelo. Fue juzgado por asesinato y pasó tres años en la cárcel.
De esa parte de la historia no he sacado mucho en claro y no he querido preguntar más porque he visto como los ojos le cambian de color. Es hablar de esos años, de lo que ocurría ahí dentro y que su mirada se vuelva opaca, sin brillo. Es hablar de todo aquello y que saque el lobo que lleva dentro.
Los contactos que hizo ahí, lo que aprendió, la falta de trabajo al salir y la imposibilidad de encontrarlo por ser ex-convicto, las facturas que le quedaban por pagar… Todo se juntó e hizo que la linea que separa lo legal de lo ilegal sea una mancha borrosa en la vida de Frankie.

Ahora es el manitas del bloque, el que lo arregla todo, el que se encarga del mantenimiento, al que todos acudimos sin importar lo que sea que necesitamos. Pero también es el que vende hierba a pequeña escala, mueve drogas sin prescripción médica como la vicodina y vende aparatos robados. Sobrevive. Ghetto life.

Se ha curado del cáncer de pulmón y cuando salió de la cárcel pasó 8 años sobrio, pero sucumbió al alcohol de nuevo. Según él, es la única manera que tiene de poder dormir y de olvidar el dolor que aún siente cuando recuerda a su prometida. La mayoría de las botellas de vodka no llegan a su casa, las compra y se las bebe antes de haber vuelto. Mínimo una al día, a veces dos. Supongo que esa es la causa de su segundo cáncer, esta vez en el hígado, con el que convive desde hace 7 años. Crónico e incurable. Lleva 7 años con tal demonio y sin tratamiento alguno, solo se revisa de vez en cuando y le dicen que está estable.
Una noche me prometió tratar de no beber. No he visto algo tan terrible en mi vida. Temblores, frío a 35º, sudores repentinos, lágrimas. Y mucha, muchísima impotencia. Querer ayudar, querer hacer algo y saber que no puedes. Vi al hombre de la sonrisa eterna, quitarse la coraza y dejar de sonreír. Entonces entendí por qué sus noches son tan largas y pude rozar su dolor con la punta de mis dedos.

Pero siempre llega la mañana, y en cada una de ellas, sobrio o borracho (normalmente más cerca de lo segundo) Frankie tiene que ir a su programa para el control de la ira (anger management) al que lleva años asistiendo como parte de su condena por asesinato. Allí se junta con otros 40 hombres con problemas parecidos a los suyos y es raro el día que termina las 9 horas de clase sin que le hayan echado o le hayan esposado. Algunos días, la policía le escolta hasta casa y veo, con curiosidad, como se despiden de él con una sonrisa. A los polis también les gusta Frankie.

Con todo esto y algunas cosas más que dejo en el tintero… no puedo hacer menos que preguntarme qué habría ocurrido si su chica no hubiera sido atropellada, si él no hubiera enfermado por culpa de su trabajo, si su madre hubiera cortado con el hombre que la pegaba… Y con la respuesta que me doy, sé que las circunstancias han hecho de la vida de Frankie lo que es, pero no han cambiado su esencia. Él sigue siendo una persona con unas cualidades fascinantes: su facilidad para hacer reír a los demás, un corazón enorme que se preocupa por todos, la generosidad con la que regala su tiempo a los niños del bloque cuando le piden que salga a jugar con ellos, la necesidad extrema de hacer cosas bien para saldar su “deuda”, la sinceridad con la que contesta a cualquier pregunta, el niño que tiene dentro a pesar de todo lo ocurrido. Y esos ojos grises. Esos ojos que no deberían haber tenido que ver lo que han visto. Esos ojos que, pese a todo, sonríen la mayor parte del tiempo y me recuerdan cada vez que los miro que yo no tengo ni un solo problema.

He tenido suerte de haberle conocido. Su situación, sus historias, sus elecciones le dan otra perspectiva a mi vida. Y he tenido suerte también, porque si bien todos queremos a Frankie, él no deja entrar a todos en su vida. Somos unos pocos los que tenemos acceso a su realidad, “only those who truly care” dijo el otro día. Y me alegra que me cuente entre ellos.

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