De visita a Coney Island


Pues sí, Coney Island. El sitio al que me han mandado cada una de las veces que he dicho “no consigo llegar al mar” desde que ha empezado la primavera en Nueva York. Hacia allí me dirigí en mi día libre con más ilusión por ver la feria que por ver el mar.
Sí que estuvo bien pisar la arena y tumbarme un rato al sol con el mar tan cerca, pero claro, soy de isla y yo al sitio al que fuí no lo llamaría playa. Tiene arena y agua, por supuesto, pero los parecidos acaban ahí. Palmeras de ¿plástico? estilo playmobil, baños cada 50 metros, música, puestos de cocktails, hot dogs, patatas fritas, alitas de pollo… y, no la olvidemos, una feria con su noria, sus montañas rusas, sus autos de choque y sus nubes de algodón.

Todo un cuadro la mar de extraño. Como si quisieran juntar la feria de las fiestas del pueblo, con la playa, con la ciudad, con el ambiente del paseo marítimo, con la comida basura, con el camión de los helados del barrio, con las tiendas de camisetas para turistas… Un todo en uno que me mantuvo con un interrogante encima de la cabeza a lo viñeta de cómic desde que llegué hasta que me fui. Estaba allí y había tanto y tan distinto por hacer que no sabía por qué decantarme.
Abrumador, como todo, como siempre, aunque no siempre sea bueno.

Pero algo he aprendido en esta ciudad: disfruta de lo que tienes cuando lo tienes, da igual lo que sea. Adáptate y disfruta.
Así que eso hice. Un rato en bikini en la “pseudo-playa”, otro rato tomando retratos robados de la gente TAN distinta que había y a hacer el guiri por el paseo. Lo que más me impresionó de todo fue que la gente se quita los zapatos justo antes de tocar la arena y se los vuelven a poner nada más salir. ¿Hola? ¿Dónde queda el ir descalzos por el paseo o por el muelle? ¿Cómo os vais a volver a poner los calcetines y los zapatos con los pies llenos de arena? Esta vez, con un poco de sentido de culpa, no me apunté al “donde fueres haz lo que vieres”, sino que disfruté un rato paseando descalza, y luego me senté mirando al mar a comerme unas patatas fritas. Genial concepto, debo reconocerlo.

Para terminar un paseo por la feria que es enorme y (¿por qué no me extraña?) carísima. 8$ = 1 ride. Alguna un poco más, otras un poco menos, pero aún está por llegar el día que me deje 8 pavos por subirme a unos autos de choque, así que me dediqué a tomar alguna foto mientras cruzaba en dirección al metro.
Justo antes de la última calle, aún pude ver otra de las “atracciones” más conocidas, Nathan’s, casa del concurso de “a ver quién consigue comer más hot dogs grasientos”. Aunque también podrían hacer el concurso de “a ver quien pesa más y ocupa más sitio en una de las mini-mesas”. Dejé la degustación de tan exquisito manjar para otro día y decidí que ya había tenido suficiente “playa” por ese día después de 5 o 6 horas en Coney Island.

Mientras subía al tren que me lleva de vuelta a casa pensé que no me extraña en absoluto que toda esta gente que solo ha visto este tipo de playa diga que mi casa es el paraíso. En realidad, yo también lo pienso, y de cada vez más.

Nota mental: Ir a la playa también puede ser estresante en Nueva York. Menos mal que me niego a ser una persona con prisa.

Notal mental 2: Volveré.

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